Más sobre la hija de Stalin

La hija de Stalin
En noviembre de 1932 los jerarcas soviéticos hicieron una gran fiesta en el Kremlin en conmemoración del decimoquinto aniversario de la revolución de octubre. Stalin, que había sustituido a Lenin, era uno de los más animados. Los tragos desde tempranas horas lo mostraban saltarín y risueño.

En medio de la euforia le pidió a su mujer, Nadya, que se acercara al grupo. La esposa dio unos pasos cautelosos. Sabía que su marido se encontraba pasadito de copas. Él le puso una mano sobre los hombros y le pidió que lo acompañara a tomar algo. Ella se rehusó. No le gustaba el licor. Entonces en un tono irregular, y para que todos lo oyeran, Stalin se lo exigió . Mientras los presentes trataban de disimular mirando hacia otra parte. Con Stalin todas las precauciones eran pocas.

Nadya no hizo comentarios ante el pedido de su esposo. Simplemente salió corriendo hacia su apartamento en el Kremlin y una vez allí, buscó una pistola y se pegó un tiro. La versión de la prensa oficial fue que había muerto de apendicitis. La verdad se supo muchos años después.

También circularon rumores que la señora había muerto ejecutada por el dictador. Sin embargo, la hija de ambos, Svetlana Alilúyeva, nacida bajo el nombre de Svetlana Iósifovna Stálina, ​ se ocupó de desmentir la acusación. En  su libro autobiográfico, "Veinte cartas a un amigo", confirmó el suicidio de su madre. Agregando además, que antes de morir escribió una carta dirigida a su marido llena de reproches personales y políticos.

Svetlana, escritora y naturalizada en los Estados Unidos, fue la única hija de Iósif Stalin. Según relata en su libro tuvo una infancia privilegiada, de princesa. La educó una institutriz y su padre la adoraba. La llamaba “mi pequeño gorrión”. Disfrutaba de juguetes costosos fuera del alcance de otros niños rusos.

Hay fotos que inmortalizan esos recuerdos. En una de ellas se ve a Svetlana cuando tenía unos diez años, en brazos de Stalin acariciándola. Su vida transcurrió sin mayores sobresaltos, en un mundo de privilegios y envuelta en el cariño de su padre. Mientras que su medio hermano, Yakov, intentó suicidarse sin conseguirlo. Provocando un comentario del padre: “Es tan inútil que ni matarse sabe”.

Por eso durante la II Guerra Mundial, cuando Yakov cayó prisionero de los alemanes, y estos exigieron a Stalin la entrega de un general alemán a cambio de su liberación, el dictador rechazó el trueque y el ejército alemán lo ejecutó.

Al cumplir Svetlana los 17 años, las relaciones con su padre cambiaron. Fue cuando descubrió que su madre no había muerto de enfermedad sino por suicidio. Ademas, Svetlana inició un romance con un joven realizador de cine judío y su padre, antisemita, montó en cólera al enterarse. Al joven lo acusó de ser un espía inglés, y lo mandó a Siberia. Posteriormente Svetlana lo volvió a desafiar casándose con otro judío, a quien Stalin nunca quiso conocer.

Tras la muerte del dictador en 1953, Svetlana dejó de ser la consentida comunista y fue despojada de sus prerrogativas. El nuevo mandatario, Jruschov, denunció públicamente los crímenes de su padre y su apellido se convirtió en una desgracia. Y en 1957 adoptó de forma legal el apellido de su madre, Alilúyeva.

En 1966 obtuvo permiso para viajar a la India y pidió asilo político en la Embajada de Estados Unidos en Nueva Delhi. Llegó a Nueva York en abril de 1967 y en una conferencia de prensa tildó a su padre de déspota y de monstruo. Afirmó que huía en busca de la libertad que no tenía en Rusia.

En Estados Unidos escribió su libro autobiográfico por el que cobró medio millón de dólares. Posteriormente Svetlana se fue a vivir a Inglaterra y en un viraje sorprendente, volvió a la Unión Soviética. Al llegar fue recibida como una hija pródiga. 

 Una vez allí no se cansó de condenar “los sufrimientos y miserias” del mundo occidental. No obstante, cuando tuvo que probar el comunismo como una más del pueblo, regresó a Estados Unidos en 1986. 

 Después llevó una vida solitaria hasta su muerte. Murió en Wisconsin el 22 de noviembre de 2011 bajo el nombre de Lana Peters.

“La sombra de mi padre me envuelve haga lo que haga o diga lo que diga”, dijo antes de morir.