En Cuba todos fuimos revolucionarios

 En Cuba todos fuimos revolucionarios


La Revolución fue una gran esperanza para Cuba. Desató  una fascinación  desmesurada. Incluso para los niños que estábamos ajenos  a la contingencia.  El entusiasmo desbordado por la llegada de los nuevos “salvadores” contagiaba a chicos y a grandes.  El día que los llamados Rebeldes llegaron a mi pueblo la gente inundó las calles. Bailaban, reían , daban gritos. Se exacerbaron todas las esperanzas, todas las ilusiones, todas las utopías. Nada parecía imposible. 


El nombre de Fidel era el encanto de todos. Algo formidable para una Cuba que vivía de glorias pasadas. Un país que cuando en alguna etapa de su vida republicana no produjo  héroes, aprendió a inventarlos.  No sabía vivir sin ellos.  Por eso el cielo brillaba como un objeto flamante. Resultando  sencillo  capturar el  deslumbramiento. Se había roto la regla: el obrero no se sentía inferior al técnico, ni el ignorante ante el sabelotodo. Pues, simplemente,  todos éramos revolucionarios.


¡Viva la Revolución carajo! ¡Viva Fidel! — Gritaban en cualquier esquina. 

Un distintivo de tela roja y negra con un 26 en el centro era la referencia general de mi pueblo que estaba listo para recibir a los Rebeldes. Ese día harían su entrada triunfal. Una multitud esperaba entusiasta frente a la jefatura .  ¡Cuánta alegría!


— ¡Viva la revolución coño! — Gritó el flaco Julio cuando llegó acompañado de Salinas. El flaco fue fusilado en 1962 y Salinas condenado a 30 años en la misma causa unos meses más tarde.


— ¡Viva! — Respondía la gente alzando los brazos.


Luego se oyó la voz de Quino:


— ¡Viva Fidel!


Quino Valdés era el presidente de la Asociación de Colonos de mi pueblo. Junto con sus tres hijos había conspirado contra Batista. Quino fue condenado en 1966 a 8 años por hablar mal de los dirigentes de la Revolución. Sus  hijos tuvieron que huir  hacia el exilio por tener una orden de captura.


— Llegaron los camiones —  Grito  Osorio y todo el mundo se echó a correr. 


Osorio  era católico practicante. Fue jefe de Acción y Sabotaje de mi pueblo durante la lucha revolucionaria. Las personas mayores contaban que junto a su hijo Jorge y un pequeño grupo, derribó 11 postes de electricidad en una noche. Dejando a la ciudad a oscuras durante varios días. Sin embargo,  a los 6 meses del triunfo revolucionario fue a prisión por hacer comentarios contrarrevolucionarios.  Su hijo, de 29 años entonces,  fue  encontrado muerto en su habitación. El gobierno señaló que se había ahorcado.


— ¡Llegaron! ¡Llegaron!


Cuando aparecieron los tres camiones repletos de melenudos levantando las armas, la multitud explotó en una pertinaz ovación. Era una locura. Se veían hombres atontados por la emoción, mujeres abrochándose las batas o colmando bebés en sus brazos, ancianos en sillas de ruedas, banderas y más banderas. Todo cobijado bajo el efecto de himnos y consignas que explotaban en los altoparlantes. 


“A Las Villas valientes cubanos / a Occidente nos manda el deber / de la Patria arrojar los tiranos / a la carga a morir o vencer”


Un grupo de mujeres escoltaban a la Virgen de la Caridad del Cobre. La sostenían sobre una manta de vivos fulgores. Marchaban al redoble de unos tamborcitos. Varias señoras vestidas de blanco llevaban los pies descalzos. El grupo daba la sensación de arrastrar todos los desórdenes de la humanidad.


Al frente,  un jinete en una yegua blanca y huesuda con traje verde olivo, polainas amarillas, sombrero achatado por el frente. Exhibiendo una enorme  bandera cubana con un hasta larguísimo que había acomodado en la montura. Como el germen de una patria que renacía .


— Por favor abran espacio. Por favor compañeros…Un poco más atrás — Decían  por los parlantes mientras las campanas de la iglesia no dejaban de sonar.


Cuando los rebeldes empezaron a bajar de los camiones las nubes parecían venirse abajo con el clamor. Eran en su mayoría jóvenes de pelo largo y aspecto hippie. Con escapularios, crucifijos, vírgenes.


Algunas mujeres rompieron la barrera de milicianos  y se abalanzaron sobre ellos. Los abrazaban. Los besaban. ¡Hasta la putería a veces se torna patriótica! Tampoco faltaron hombres llorando de emoción mientras extendían sus manos tratando de alcanzar a los recién llegados . 


Los niños, aunque fuimos separados de los mayorers, sabíamos que algo bueno debía estar pasando por lo inusual del panorama. Aunque nuestro disfrute era diferente: las golosinas, lo extraordinario. Estábamos felices porque nuestra familia, nuestros maestros, nuestros vecinos, se veían felices.


— ¡Gracias Fidel!—  Gritaban los rebeldes y la gente lo repetía con una furia que multiplicaba el agradecimiento, aunque el líder no estuviera presente.


El comportamiento era como si esperaran un acontecimiento divino o como si hubiesen encontrado la forma de prolongarse para recuperar sus dientes de leche, su pelo, las  tetas erguidas, sus ideas. Los cubanos imitaban el entusiasmo del 20 de mayo de 1902.


— Compañeros, aquí está el comandante de nuestra  milicia revolucionaria Joseíto Díaz — Y rompieron los aplausos apenas el hombre subió al estrado.


Díaz tenía un rostro ancho y mofletudo con la placidez de la luna llena. Su barba rubia, no afeitada en algunos días, tomaba a la luz una transparencia de oro viejo. Fue la persona que dirigió la toma de la ciudad. Ahora le tocaba pasar el mando al  capitán rebelde José Manuel Hernández.


A Joseíto Díaz lo mataron dos meses después de aquel emocionante día. Nunca dijeron las causas. La familia emigró ese mismo año hacia los Estados Unidos. Y el Capitán José Manuel Hernández que tomó el mando militar,  lo  acusaron de traición a la patria por apoyar al comandante Huber Matos varios meses más tarde. El militar  escribió una carta donde decía que así no valía la pena seguir viviendo y se disparó un tiro en la cabeza.


Las revoluciones son movimientos colectivos nacidos del entusiasmo de las masas por los cambios. Pero una vez que pasa, las personas quedan como fantasmas en medio de la retórica. Y si algo tienen en común es que, como Júpiter, devoran a sus hijos.


Fueron muchos los revolucionarios engañados. Pues la Revolución quedó en amago, en mentira, en traición. ¡Es tan fácil creer que uno puede abrir el camino que se le antoja! En mi pueblo al menos,  la mayoría de las personas que hicieron la Revolución terminaron en la cárcel, en el exilio o fusiladas. Condenados en ceremonias públicas, en parques,  en teatros, como en las purgas de Stalin.


La celebración frente a la jefatura duró todo el día. Aquel océano humano persistió hasta altas horas de la noche en el agradecimiento revolucionario. Sin que nadie fuera capaz de presagiar el tenebroso futuro que ya había iniciado su marcha. 


Los pueblos son una suerte de memoria porque en cada huella hay un signo de vivencia. Por eso  creo que si regresara a mi pueblo me sentiría como un extraño. No sólo por ver  las ruinas de lo que un día fue bello, sino por rememorar la tragedia.


No obstante, sospecho que todavía los murciélagos deben volar sobre los tejados de mi barrio con sus aleteos silenciosos, lanzándose como aviones contra sus presas invisibles; y que las sombras exactamente cercenadas del paisaje, continúan fabricando un panorama sugestivo.  ¡Cómo espolea el recuerdo!


“La ternura de todos los surcos
se ha quedado enredada en mis pasos”
Julia Burgos (ALBA)