De izquierdas y derechas

De izquierdas y derechas
Alguien dijo una vez que izquierdas y derechas es un invento de porteros. Usted por aquí, tú por allá. Sin embargo en política tiene una significación muy marcada. Ser de izquierda o de derecha plantea dos posturas antagónicas que defienden principios innegociables entre sí. En líneas generales, la izquierda tiende en teoría a defender el desarrollo y apuesta a garantizar el acceso a beneficios equitativos. Por su parte la derecha se apoya en el orden, la disciplina y las libertades individuales y de mercado. 

Aunque como dice el ensayista Juan José Sebreli​ en su libro “El vacilar de las cosas”, los “términos como izquierda y derecha, progreso y atraso, socialismo y fascismo, democracia y liberalismo, revolución, ideología, están hoy manipulados, distorsionados, contaminados…” 

La izquierda en Latinoamérica en estos tiempos está revestida de socialismo. Pero con una versión más tenue y asimilable que el antiguo “campo socialista” durante la hegemonía soviética. Sin embargo,  confunde a primera vista por su diversidad. Algunas se apoyan en la mano dura. Otras, aún respetan ciertos códigos de libertad. Por eso es mejor distinguirla por sus modales. Si es como Cristina o Lula da Silva, es de buenos modales. Si se comporta como Maduro o Raúl Castro, cae en el otro bando. Aunque ambas partes buscan el mismo objetivo. 

Por supuesto que el estilo también juega su papel. No es lo mismo el cinismo académico de AMLO que la torpeza indisciplinada de Daniel Ortega. O, la demagogia de Alberto Fernandez, a la criminalidad patología de Manuel Marulanda. Aunque remen en la misma dirección.

Es cierto que el daño ocasionado a la vieja izquierda decente latinoamericana por estos nuevos actores es prácticamente irreparable. Perdieron la frescura de otrora que no tenía más objetivo que construir una sociedad mejor. Pero hoy acepta hasta puntos de vista extremos como mecanismo para continuar en el poder. Incluso aplauden a quienes abusan descaradamente de los derechos humanos. 

Ya no acallan como antes los sentimientos radicales entre sus propias filas. El pánico a perder el poder no ha dejado espacio para la moral. Salvo raras excepciones: Bachelet, Mojica. En sentido general, prefieren la política en minúsculas, la que solo busca sustituir al que manda para ocupar su puesto y, a la vez, cambiar el volumen de la billetera. No obstante, ahí están. Y al paso que van las cosas estarán por un buen tiempo. 

La derecha tampoco transita por su mejor momento, ni es ejemplo de ética. Aquí cada quien anda por su cuenta creyendo que el problema de América Latina no es una cuestión de conjunto. Y todo lo ven a corto plazo: ¿Cómo ganar las próximas elecciones? ¿Cómo me verán en Washington?¿Cuántos titulares acaparo? Mientras su alrededor se cae a pedazos. 

Algunos se autodefinen como de “centro derecha”, como si esa denominación aclarara las cosas. Es que, quizá, ellos creen que de ese modo quedan bien con Dios y con el diablo. Por eso a Piñera le importa un bledo lo que sucede en Cuba, a Bolsonaro no le interesa lo que pasa en Venezuela y a Macri no le importó lo que ocurría en Nicaragua. O sea, sálvese el que pueda. No acaban de entender que el continente está envuelto en llamas. 

La derecha se proyecta con retrocesos profundos y evidentes. Dejando un vacío de conducción que da síntomas de agotamiento. Su ofensiva perdió inspiración. Como si hubiese repercutido en latinoamérica la derrota de los derechistas en Italia y la elección de un gobierno socialista en España. Da la sensación que no tiene alternativa, propuestas. Pues no basta con promover los intereses del capital financiero y la propiedad privada. Es necesario mucho más. 

Los gobiernos de derecha ahora se agotan rápidamente y fracasan. Porque la izquierda, que sí actúa a largo plazo, sabe cómo hacerlos inestables y frágiles. Ellos venden muy bien el concepto de redistribución de la riqueza y eso enamora. De manera que mientras los socialistas divulgan sus “sueños” entre estudiantes y trabajadores con todo lo que tienen a su alcance, la derecha está cómodamente esperando el siguiente proceso electoral. Sigan comiendo mierda. 

La división izquierda-derecha tuvo su origen en las primeras semanas de la Revolución Francesa. El escritor y filósofo español Gustavo Bueno apunta lo siguiente: 

«Fue en la sesión del 28 de agosto de 1789, es decir, ya constituido el tercer estado como Asamblea Nacional cuando (acaso por analogía con la Cámara de los Comunes, en la que el partido en el poder se sienta siempre a la derecha, dejando la izquierda para la oposición) los partidarios del veto real absoluto se pusieron a la derecha y los que se atenían a un veto suavizado, o nulo, a la izquierda. Esta “geografía de la Asamblea” —como decía Mirabeau ya el 15 de septiembre de 1789— se mantuvo».