Díaz-Canel ha quemado las naves

 Díaz-Canel ha quemado las naves

La frase de “quemar las naves”se le atribuye a Hernán Cortés durante la conquista de México; e implica, no dejar camino de vuelta posible. O sea que, para Diaz- Canel, ya no hay vuelta atrás. Lo que significa que debe seguir en la dinámica de la dictadura institucionalizada de un solo partido. En tal sentido, cree contar con el apoyo decisivo de los militares y una policía dispuesta a reprimir cuando lo considere necesario. El único detalle que no toma en cuenta es que en Cuba las cosas no son lo que aparentan.

Con este paso renuncia a una transición a la democracia y a la reconciliación nacional. Quedando como un simple continuador sin mucha fuerza y títere de quienes mueven los hilos del poder. Lo apuesta todo a la continuidad. Los que lo han embarcado en esta locura están en el ocaso de la vida y quizá no tengan que responder por sus actos. En cambio él, no tendrá cómo esquivar la furia de sus errores.

Yo nunca he creído en la implosión de abajo hacia arriba de los regímenes comunistas consolidados. Sin embargo, existen suficientes argumentos para suponer que cualquier cosa puede suceder. La caída de Díaz-Canel de una manera u otra está en camino. Hay fuerzas que avanzan en silencio y a pasos agigantados. Como decía el poeta: “Está el hoy abierto al mañana/ Mañana al infinito”.

Para nadie es un secreto que existe un gran descontento en el mundo militar. Sobre todo después de la muerte de Fidel Castro cuando los uniformados asumieron el control total del país. En ese momento se repartieron los privilegios al mejor estilo de la “familia”. Y sin hacer mucho aspaviento ya controlan la divisa, el turismo, la diplomacia y por supuesto las armas. El Partido, las organizaciones de masas y hasta el pinto de la paloma, se han quedado para bailar al ritmo que toquen los fusiles.

Una buena parte del alto mando militar no quiere al actual presidente. Incluso antes de llegar al tope de su carrera. Su incidente con la mujer de un miembro de las Fuerzas Armadas cuando estaba en Oriente ocasionó demasiado contratiempo. Sabemos que los altos jerarcas del ejército que fueron defenestrados por Raúl Castro tenía como único propósito salvar al obediente delfín.

Se dice que hasta “ Polito” (Leopoldo Cintra Frías), que ostentaba el cargo de ministro de las Fuerzas Armadas recibió un chaparrón. Lo sacaron del juego unas horas antes del inicio del VIII Congreso del Partido Comunista. Parece que no se tragaba a su “presidente”.

Los medios oficiales cubanos atribuyeron la destitución a Miguel Díaz-Canel y que, “la sorpresiva destitución fue aprobada por el Consejo de Estado”. Pero nadie se creyó el cuento. La movida la hizo personalmente Raúl Castro con la participación del hombre fuerte de Cuba en estos momentos: Luis Alberto Rodríguez López-Callejas.

López-Callejas y Alejandro Castro Espín (el hijo de Raúl Castro) tienen la sartén por el mango y Estados Unidos lo sabe. Tal vez por eso Callejas fue incluido en una lista del Departamento del Tesoro de EEUU de personas bajo sanción, junto a otros individuos de nacionalidad siria . Su bienes y cuentas bancarias en este país quedarían congelados bajo el arbitrio de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) de Washington.

De todas formas, este señor (ex-nuero de Raúl Castro) tiene demasiada plata. Administra más de 50 empresas en los ámbitos más rentables del país, como el turismo, las remesas, los bancos, tiendas y mercados, inmobiliarias, gasolineras, empresas de importación y exportación, navieras, empresas de construcción y almacenes, entre otros. Y va por más.

No hay dudas de que el mayor peligro para Díaz-Canel son los militares que han quedado fuera del pastel, además de los resentidos habituales que ya están retirados. Estos últimos ahora tienen que arreglárselas como pueden después de haber participado de cuanta misión internacionalista se le ocurrió a Fidel Castro. De ese grupo de “compañeros” hay a quienes han tenido que vender aguacate en una carretilla por las calles para sobrevivir.

La hipótesis de que el poder en Cuba es tema del Partido Comunista es una falacia. Los militares decidirán siempre los grandes acontecimientos. No solo en Cuba, sino en cualquier país latinoamericano. La historia lo demuestra. Pensar que un grupo de jóvenes enojados sin ningún tipo de organización pueda tumbar al gobierno, suena como exagerado. No obstante, esta acción puede llegar a ser un motor que impulse a los que, agazapados, esperan el momento estelar.

Los militares tienen su agenda propia aun cuando reciben desmedidos privilegios. No hay que ir muy lejos, el propio Allende al percibir que el éxito de la sustentabilidad del poder dependía de los militares cuidó la relación, respetó su carácter profesional, la verticalidad del mando, reconoció su monopolio sobre las armas, les otorgó una participación en donde sobraba el dinero y a pesar de todo, hoy sabemos cómo terminó la fiesta.

Díaz - Canel perdió una posibilidad de oro. Pudo haber iniciado una perestroika a lo cubano y realizar un cambio histórico, admirable, aunque no tuviese en la mano un plan claro de transición a la democracia. Eso lo agarraba en el camino. Solo debía enfocarse en la construcción de un pacto social para resolver la crítica situación económica, la elaboración de una Constitución política y hacer un llamado en un tiempo prudencial a unas elecciones libres.

Inclusive podía participar en una elección presidencial directa y competitiva como lo hizo Suárez en junio de 1977 en España. Bastaba con reciclar el Partido Comunista y ponerle otra bandera, tal como se ha hecho en otros países que estuvieron bajo la órbita soviética.

Sin embargo ha escogido continuar siendo un producto manufacturado del sistema hasta que esa misma maquinaria lo mande a la papelera. De algún modo no encontró el temple para atreverse a echar por tierra el monstruoso edificio de los Castro en Cuba. Y ha dejado esperando a un pueblo que está loco por el hundimiento de las estructuras comunistas y la eliminación de su simbología. La gente no quiere que quede ni las huellas.

“Si no soy yo, ¿quién? Y si no es ahora, ¿cuándo?”

 Mijaíl Gorbachov