¿Por qué creo en Dios?

Filiberto Mino

Primero, permítanme aclarar que mi ceencia no tiene pruebas  por definición. Creer en algo superior  no es una cuestión susceptible de ser probada. Es una experiencia personal que nada tiene que ver con un proceder científico. La ciencia, como mucho, solo puede demostrar que no hay necesidad de Dios como explicación física. Mientras que mi fe, sin ser un argumento filosófico o una alternativa a la ciencia,  posee una estructura de sentimientos.  Sentimientos que no pasan necesariamente porque haya aceptado la idea de que Dios existe, sino por empezar a considerar que esas emociones tienen sentido.

Puestas así las cosas y al margen de la tontería de pensar en un ser invisible, tampoco pertenezco  a una especie de encantadores que andan de puerta en puerta llevando “el mensaje”. No he construido mi fe en una iglesia. Mucho menos huyendo del aburrido pragmatismo  intelectual. La he fabricado a partir de experiencias reales  y no en una empinada montaña de suposiciones y conjeturas improbables. 


 Esta creencia, tampoco es una forma  cobarde de lidiar con las cosas que  conllevan a una batalla. Lo que implica enfrentar los riesgos y escoger entre varias opciones, donde la respuesta definitiva no está a mi alcance.

Soy, a lo sumo, otro ser humano que está dispuesto a celebrar, silenciosamente, la existencia de Dios sin necesidad de escuchar a un pastor.  Con una característica recurrente que, cada cierto tiempo, pasa por etapas de duda. Pero nunca acudo a la carta de la dignidad del materialismo. Tal vez por ello es que me encuentro tan distante de los comunistas.


Para mí la vida sigue teniendo sentido aunque haya advertido la universalidad del fracaso y el deseo de escapar. A todos nos ocurre. Me honro en pertenecer al grupo de esas salvajes criaturas románticas que todavía, sin responder a una religión, veneran a un Dios. Por esto, no me siento obligado a cumplir  normas, leyes e inventados sacramentos. 


Entiendo que todo ser vivo está circunscrito a las leyes naturales que le rodean.  Pero no puedo aceptar  reglamentos que casi siempre juegan a favor de quienes lo proyectan. La  vida fluye de forma natural con acción y reacción. Las  religiones no pueden salvar a nadie que falte a las leyes de Dios. Uno mismo se salva, uno mismo se hunde.


Por supuesto que hay interrogantes que nos confunden. Una de ellas que quiero agregar en esta reflexión la vi expuesta en un interesante debate entre un agnóstico y un creyente. Pues una pregunta, que a veces muchos nos hacemos, hizo saltar los resortes de la discusión.


Por un  momento se dispararon las suspicacias. El público que ocupaba el recinto fijó su mirada en la persona que le tocaba responder. Era fácil leer la incertidumbre.  Fue como un gesto de identificación de todos los reunidos.  Por su parte el conductor,  al ver  la reacción de la gente,  apresuró la respuesta repitiendo la pregunta en un tono un tanto inquisitivo.


¿Por qué Dios está ausente ante el sufrimiento que padece la humanidad si él es omnipotente y todo lo puede? 


El argumento era muy válido. Porque de alguna manera  recoge la duda más significativa de la humanidad en cuanto a creencia se refiere. Una pregunta universalmente repetida en todas las épocas. Porque basta con mirar el mundo para apreciar,  impotentes,  el  sufrimiento de la colectividad. Sin embargo el panelista,  sin estridencia ni gestos agresivos, desempolvó una anécdota que parecía perderse en la ingenuidad. Pero que respondía la inquietud de forma clara y sencilla. 


La persona en cuestión contó lo siguiente. Palabras más, palabras menos.   


— La semana pasada llevé a vacunar a mi hijo que tiene apenas un año y medio. Desde que entramos a la sala estaba aterrado. El ambiente de una enfermería, de por sí, impresiona sobremanera. 


La enfermera sacó una enorme jeringa que se encontraba envuelta en un plástico.

Una impresionante aguja que era capaz de intimidar a cualquier  adulto. Imagínense a un niño.


Posteriormente extrajo el líquido de un pequeño recipiente y se dispuso a pinchar a mi hijo que continuaba en un estado de nervios nunca antes visto.


 Cuando la enfermera descubrió su nalguita,  los gritos fueron escalofriantes. Me miró fijamente a los ojos porque sabía que yo, con una simple palabra, podía detener su sufrimiento. No entendía que en un momento tan difícil yo no acudiera en su ayuda.   Y lloró mucho.


Su llanto era doble. Primero por el dolor físico que le producía el pinchazo. Y segundo, por suponer que a su padre no le importaba su dolor.


Estoy seguro que en medio de su confusión no logró encontrar respuestas. Al igual que nos ocurre a nosotros con muchas de las calamidades que suceden nuestro alrededor.