Los desafíos de Horacio Quiroga

De Horacio Quiroga

 Todos estamos obligados a enfrentar nuestro destino. Como sea.  Más aún si raya en la crueldad.  El escritor Horacio Quiroga no fue la excepción.   El uruguayo, que es considerado el maestro del cuento latinoamericano,  tuvo que desafiar la malaventura una y mil veces. ¡Y de qué manera!  Si  escribo estas breves líneas  es porque su vida lo merece.

 Desde su infancia, Quiroga tuvo la horrible sombra de la muerte pisándole los talones. Esa muerte que no asusta cuando anda lejos, distante, inofensiva. Pero que mete miedo cuando avanza unos pasos hacia nosotros.  Él, antes de cumplir los tres meses de vida, perdió a su padre. Al hombre se le disparó la escopeta al regresar de una cacería y murió instantáneamente. Ese sería  el primer eslabón en la cadena de desgracias del maestro.

  Su madre se volvió a casar pero no  encontró una mejor suerte. El esposo quedó paralítico y el mundo de la familia se vino abajo.  Un buen día, para sorpresa de todos, el inválido  colocó la escopeta en la cara, apretó el gatillo con un pie, y se quitó la vida. Coincidentemente, Quiroga  fue el primero en tropezar con el cadáver de  la persona que  había suplantado a su padre. El escritor recién cumplía  17 años de edad.


    Con el paso de los años  decide casarse. Era como explorar un nuevo mundo. Todo comenzaba a salir bien. Se encontraba aparentemente feliz. Sin embargo, una noche se tiene que enfrentar a otra terrible calamidad. Su esposa se arranca la vida con una sobredosis de bicloruro de mercurio y otra vez la vida del escritor se complica. Debe volver a empezar en cero. 


Enviuda y se refugia en la literatura. Escribe mucho. No solo hace cuentos y poesía, también se convierte en un gran dramaturgo.  Pero como si el diablo le siguiera sus pasos, al poco tiempo se vio envuelto en otro percance amargo. Sin querer  mata a un amigo que se preparaba para un duelo. Este hecho no se borrará jamás de su conciencia y lo dejará marcado para el resto de su vida. Así lo cuenta.


    Mediante sus buenas relaciones logra establecer amistad con Baltasar Brum, quien llega a la presidencia de Uruguay y se convierte en su protector. Con tan mala suerte que al poco tiempo le dan un Golpe de Estado al amigo y para no caer en manos de los golpistas pone fin a su vida. 


 La muerte del presidente aumenta considerablemente su congoja. La tragedia no le da tregua. En esos días también  recibe la noticia de que una de sus mejores amigas — la poetisa argentina Alfonsina Storni — se  quita la vida adentrándose en el mar.  


Todo olía a suicidio en su mundo personal, literario y social. Signado por una matriz de muerte  que lo acompañó durante toda su vida. Tal vez por eso,  un día, después de luchar contra una terrible enfermedad,  toma el destino entre sus manos y decide morir. Era  como demasiado.


Frente a su cadáver el escritor argentino Leopoldo Lugones  lamentó la pérdida del escritor  y un año después, él también se mata utilizando cianuro mezclado con whisky.  El mismo método  empleado por Eglé, la hija mayor de Quiroga, la noche que se quitó la vida.  


Su nombre completo es Horacio Silvestre Quiroga Forteza. Nacido en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878 y fallecido en Buenos Aires, Argentina, el 19 de febrero de 1937.  Tenía varias pasiones, la escritura, el ciclismo, la fotografía, la química. 


 El escritor  había sentenciado:




“El enfermo se mata cuando plenamente comprende 

que su mal no tiene cura y que entre sufrir

 y no sufrir es fácil la elección.”