El día que desapareció La Habana

El día que desapareció en La Habana


Ella, que ha vivido preñada de literatura y ha ganado varios premios (tal vez menos de los que merecía) cuando bajó del avión no tenía idea en dónde estaba ni hacia dónde iba. Los que fueron sus referencias para ubicarse habían desaparecido. Se encontraba desorientada. Sin radio, sin instrumentos. La ciudad estaba convertida en espanto, manicomio, miseria. Poblada por sujetos raros, infelices, absurdos. Sujetando las viejas paredes con oraciones. Esperando un milagro que nunca llegó. 

Aquella ciudad, ahora perdida, tuvo una existencia real, comprobada por ella. No pertenecía a la imaginación popular como muchos pueblos perdidos que eran áreas extensas, prósperas y abundantemente pobladas, que desaparecieron bruscamente por acciones de la naturaleza o alguna guerra devastadora, o que declinaron progresivamente hasta desaparecer. Sin embargo, este no era el caso. La Habana, su Habana, había desaparecido bajo el encanto filosófico del recuerdo.

En medio de aquel ignoto lugar carente de coordenadas, repleto de zombis, ajenos a todo, se sintió sin identidad, sin pertenencia, sin letras. Las nuevas generaciones habían cambiado la comida, los olores de la tierra, los recuerdos, los sonidos, las costumbres, los nombres de las cosas, los horarios, las expresiones. Por eso se sentía como una extranjera dando tumbos sin tiempo ni espacio. Pero sobre todo, sin imaginar lo perturbador que resulta una extraña ausencia en un exilio geográfico, mental.

Su viaje demoró porque las autoridades no le daban el permiso de entrada. Sus escritos y comentarios habían malhumorado al régimen. Tuvo que acudir a viejas amistades que aún se mantenían en el gobierno desde su deserción. Aunque todos sobrevivían dentro de un críptico agujero negro de doble moral y luchas intestinas. Sin un cadáver que sepultar, una sombra, una huella. Ni siquiera una media verdad.

Pero ahora estaba allí y sus ojos se convirtieron en dos rendijas de amor humedecidas por la conjura de todos sus sentimientos. Preguntaba a veces en pretérito y otras en presente, porque de sus cosas ninguna permanecía, no quedaban rastro. La clave del problema, tanto arqueológico, arquitectónico o de memoria, era que había llegado a una ciudad perdida. Todos los elementos que formaban parte del repertorio espacial que determina el tejido de una ciudad en perfecto equilibrio con su hábitat, ya no estaban.

Ni en su lejana familia encontró sonrisas que antes motivaban la ternura y la paz, la sensación de haber hecho las cosas bien y comprender que todo seguía un mismo camino estable y serenamente delimitado. Era otra risa, otras aprobaciones, otra negación. Hasta la casa familiar mostraba un saldo doloroso, una indeseada materia inerte.

Fue entonces cuando ella misma se puso en medio de todos, agarró por el brazo a un tío y lo arrastró en dirección al patio. Fueron tan sólo ocho pasos. La madre de crianza, Concha, junto a la mesa que preparaba la cena detuvo los quehaceres. En mitad del nuevo silencio, las miradas dejaron rápidos surcos en el aire, multiplicándose y concentrándose en ella. Fue como un ligero intercambio de sensaciones a la búsqueda de la primera impresión que reforzara algo o diera nuevas pistas sobre las ideas preconcebidas con anterioridad. Ella quería a todas aquellas personas de muy distintas formas pero las quería. Eran parte de su mundo o, de lo que fue su mundo.

- ¿Cuándo se perdió La Habana?- Preguntó consciente de que una transgresión lesiona más los afectos que a la ley.

Nadie entendió la pregunta. Para su familia las cosas seguían más o menos igual. El cambio se puede asimilar con lo cotidiano. Incluso la miseria puede llegar a ser normal. Pero no para el que partió y regresa de golpe. Por eso, ajena a todo recurso fantástico o sobrenatural, situó a su familia detrás de la hiperrealidad de Cuba. No hay objetos ni sitios que distraigan ese cálculo. Es la única forma de entender tantos años llenos de calamidades, de mirar sin nobleza, de estirar sonrisas falsas, de vacilantes decisiones. Necesitaba ser muy íntima.

La impureza de vivir afecta, claro. Incluso los inmóviles, los desganados, los que actúan poco y a veces sólo lo hacen de manera vicaria, adquieren en su semblante las huellas de horrores ajenos. Y más aún en un entorno donde incluso la pasividad resulta comprometedora. Porque en ese submundo, la ética significa elegir el daño menor, tan poco interesante para la mayoría.

Nada sería tan simplista como suponer que la resignación de los cubanos es un azar, cuando la precisión de ese universo lleva más de sesenta años en construcción. Son varias generaciones escuchando el mismo bolero. Una vez comprendido este algoritmo, tiene más contundencia dejar las cosas como están y continuar hablando de congrí, invierno, tienda en dólares, recarga. ¿Cómo tratar de convertir palabras en historias que para ellos son una sucesión especulativa, una meditación sobre lo que podría pasar y casi nunca pasa, o no de ese modo?

En su regreso no trajo lágrimas a pesar de la incontestable verosimilitud de la ilusión cancelada. Nada era tan cierto para ella como la esperanza incumplida. Consciente de que sus desaforadas emociones podían ser sentidas pero no dichas. La experiencia íntima se alimenta de esa imposibilidad. Pero podrá escribir sobre otras cosas: el sol lame la pata de una mesa, el humo sube al techo, la familia es feliz, el malecón huele a viejo. Como la lluvia que cae sin destruir nada, arruinando un poco las cosas, para que haya tristeza y vida, y todo importe de otro modo.

Nada tan reducido como las líneas de una mano; nada tan vasto como hablar de La Habana. Hoy enfrentada a un destino inestable, borroso, lastrado por rencores y distorsiones afectivas, que sólo puede ser asumido con desconfianza. Con una asignatura pendiente: la culpa de una ilusión que viene de lejos. Traída por un familiar que habla bonito pero no distingue. No comprende que la dañina realidad merece ser pospuesta, distorsionada, negada, hasta lograr alguna variante del autoengaño que se confunda con la entereza de la resignación.