Cuba como trampolín del suicidio

 Cuba: un trampolín al suicidio

Le llamaban “Tati”. Idolatraba al “Che”. A los tres meses de estar casada con el también chileno Renato Julio inició un affair secreto con el capitán de la Seguridad del Estado cubana,  Fernández Oña. Asesor en temas de inteligencia  del presidente Allende y padre de la diputada  Maya Fernández de la Asamblea Nacional de Cuba. Su matrimonio con Renato duró menos que un grano de azúcar ante una manada de moscas. 


Beatriz Allende (“Tati”) hija del presidente presidente chileno , siempre estuvo  ligada a la causa de los comunistas en Cuba. Se consideraba una más de la isla. Acompañó a su pareja sentimental Fernández Oña en la misión de proteger la vida de Salvador Allende. Se mudaron a Santiago de Chile y allí vivieron el corto período presidencial de su padre. 


A la caída del gobierno lograron huir gracias a la inmunidad diplomática que ambos disfrutaban. Regresaron a Cuba y se divorciaron.    Dicen que  se sintió engañada, que el seguroso la había utilizado.  El gobierno cubano le regaló una casa en el lujoso barrio habanero de Miramar. Le colocó una escolta permanente. Chofer, criada y vaya usted a saber. Sin embargo, nada impidió que la frustración  la fuera poco a poco consumiendo. Un día se dio un tiro en la sien. 


Y sucede que a veces el suicidio en la familia resulta contagioso. Tal vez por eso, su tía Laura Allende, otra protegida del gobierno cubano, se lanzó a la calle desde un piso 16. Cuentan que la señora gestionó varias veces un permiso para tratarse en el extranjero una enfermedad que padecía, pero no se lo dieron nunca. Ella vivía en La Habana resguardada por los Servicios Secretos cubanos.


El caso de Nilsa Espin se manejó de otra manera. Prácticamente el gobierno cubano no dejó una rendija abierta para  que su muerte  se filtrara. Pero entre cielo y tierra… 


Esta señora era hermana de Vilma Espin y por ende, cuñada del segundo hombre más importante de la dictadura cubana. Se incorporó desde el primer momento al movimiento 26 de julio y cuentan que en la lucha contra Batista fue más activa que la hermana.


Sin embargo, Nilsa siempre prefirió la sombra a pesar de sus méritos revolucionarios.  Se casó con un soldado desconocido del Ejército Rebelde y  nunca  se les vio en la tribuna de un acto político. Ambos trabajaban en Pinar del Río en la Dirección del Instituto Nacional de Reforma Agraria. 


Un día la señora visitó a Raúl Castro en su oficina del MINFAR.  Necesitaba  hablarle de las dificultades que su marido venía confrontado. De pronto la plática se interrumpió por una llamada telefónica. Alguien le comunicó que

su esposo acababa de pegarse un tiro . Lo cual demostraba la gravedad del royo que estaba atravesando el señor.


Ella se disculpó con el cuñado y fue corriendo al baño. Una vez allí, sacó un arma de la cartera y acabó también con su vida. No hubo tiempo de nada. Todo ocurrió como un relámpago. 


El entierro estuvo envuelto, por supuesto,  en el peor de los  misterios. Nada se dijo. El pueblo nunca se enteró. Era un suicidio al mejor estilo comunista. Incluso, todavía hoy la mayoría del  pueblo desconoce el episodio.


De la carta dejada por Haydée Santamaría antes de suicidarse nunca se ha hablado. Estoy seguro que ni sus más allegados saben su contenido. Sabe dios cuantas verdades le cantó al dictador. Ella formaba parte de la elite y conocía de primera mano las marramucias del gobierno.


Esta señora fue una destacada revolucionaria. Junto a su hermano Abel fue  fundadora  del proyecto castrista. Participante del asalto al cuartel Moncada en 1953 y encargada de trasladar las armas del famoso ataque a Santiago de Cuba. 


Finalizada la guerra Fidel la coloca en el Ministerio de Educación para que funde la Casa de las Américas. Una fachada cultural para la propaganda del régimen. Posteriormente se casa con el Ministro de Educación Armando Hart y su relevancia en el las decisiones culturales adquieren un tinte especial. Además, figuraba en la selecta lista de los “amigos del comandante”.


Sin embargo, justo el 26 de julio de 1980 pone fin a su vida de un disparo. Aún no se sabe con certeza dónde ocurrió el episodio. Como siempre, el misterio y la intriga ronda sobre un cadáver allegado a Castro. Incluso,

el gobierno dijo que su muerte sucedió el 28 de julio y no el 26, por lo que representa la fecha. No obstante, nadie se ha comido el cuento. El día escogido para morir también fue un grito de protesta.


Se especula que su disgusto con el gobierno venía floreciendo desde  los sucesos de la Embajada del Perú. Y que el ametrallamiento por parte del gobierno de un sobrino suyo que huía en una balsa hacia Miami rebosaron la copa. 


Fue presidente en Cuba de 1959 hasta 1976. Un hombre que creyó ingenuamente en su cargo y nunca entendió que era un presidente nominal, de mentirita. Osvaldo Dorticós fue una  especie de fantoche debidamente entrenado para ser sumiso.


 Abogado y con cierto nivel intelectual provenía  de Cienfuegos, una ciudad del centro del país. Nació en una familia rica.  Su padre estudió Derecho y Medicina, y uno de sus antepasados fue Tomás Terry, un famoso empresario nacido en Venezuela que amasó una de las fortunas más grandes de Cuba. 


Después de trabajar brevemente como profesor, Dorticós estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de La Habana, donde se graduó con una licenciatura en Derecho en 1941.  Formó parte del Partido Socialista Popular y tuvo que exiliarse en México hasta el triunfo de la revolución. A su regreso, fue llamado a formar parte del incipiente gobierno.


Un buen día Castro lo humilló públicamente y el “presidente” se lastimó. Entonces fue a su casa y se pegó un tiro. En un escueto comunicado anunciaron que se había suicidado porque "padecía de fuertes dolores de espalda”. No lo mencionaron jamás. Sepultaron su nombre con el cadáver. Sabe Dios lo que pasó realmente entre bastidores. 


El suicidio de Fidel Castro Díaz-Balart fue sorpresivo. No se esperaba. Como hijo del dictador creció  bajo la sombra del poder y adquirió  cierto perfil que ayuda en la  autoridad transferida. No obstante, no participaba en la feroz lucha de cargo que caracteriza a los regímenes comunistas. 


Él  prefería  el disfrute sin barrera de los recursos acumulados por la familia, de los privilegios.  Pero poseía  el denominador común que tienen los hijos de tiranos:  primero yo, y después yo.  Llegando a creer  que todo el mundo gira a su alrededor.   Además, crecen  con la idea de que son elegidos y  nunca enfrentarán las calamidades naturales de la vida; porque “papi”  siempre tendrá en la mente la fabricación de un futuro esplendoroso para él. Y claro, no siempre es así.


El señor se encontraba recluido en una clínica.  Se dice que padecía de depresión. La cual se fue  acrecentando a medida que disminuían sus privilegios. Algo que venía ocurriendo por mandato de su propia familia. 


Cuentan que Castro Díaz-Balart se encerró en una habitación del cuarto piso de la clínica y no permitió la entrada de  los médicos.  Posteriormente se  arrojó por una ventana y cayó frente al edificio, no lejos de la bandera cubana, que ondeaba a toda asta ese viernes.


La prensa oficial reaccionó rápidamente.  Su muerte habría ocurrido en circunstancias difíciles de ocultar. Tenía  68 años.


 Como la mayoría de los ricos en Cuba, Javier de Varona  ayudó junto a su familia al movimiento 26 de julio de Fidel Castro. Vivía en uno de los mejores barrios de La Habana. Rodeado de lujos y comodidades. Viajaba con frecuencia y su vida transcurría entre la felicidad y el ocio. Medianamente culto, alegre, simpático  y juguetón. Albergaba ideas de izquierda y con el triunfo de la revolución las radicaliza. 


Se convirtió de la noche a la mañana en un desconocido. Fue tanta la vehemencia en su lucha revolucionaria que llegó hasta la confidencia (entiéndase chivato) con los órganos represivos del gobierno. Le dieron varias posiciones; la más importante, dirigir el constreñido mundo económico.


 Pero al ocurrir el desastre de la famosa zafra de los 10 millones, decidió corregir los errores cometidos y escribió un extenso panfleto detallando las calamidades. Entre ellas, la mala dirección y el exceso de optimismo del máximo líder.


 Le entregó personalmente al Ministro la queja. Con respeto y deseos de cooperación. Sin embargo, una tarde lo vinieron a buscar. Lo mantuvieron durante una semana incomunicado en la Seguridad del Estado. Allí  le dieron  suficiente tiempo para reflexionar sus “errores”. Luego lo soltaron.


De regreso a casa se pasó toda la noche escribiendo meticulosamente  un “testamento” para que se lo publicaran en algún tabloide del régimen. Y cuando concluyó,  al amanecer, se pegó un balazo. Así sería la cartilla que le leyeron en el G-2.


La policía recogió el escrito y hablaron con su mujer para que firmara un documento en su contra. Hasta el día de hoy nadie sabe lo que contaba Javier de Varona en su despedida.  


Cuba es el país con mayor índice de suicidios en América Latina según los informes de la Organización Mundial de la Salud. En estos momentos el promedio es de 21,5 por cada 100.000 habitantes. Solamente en un año se quitaron la vida 2.015 cubanos, 703 tenían entre 25 y 44 años, y 241 eran jóvenes de entre 15 y 24.  Hay que tomar en cuenta que por cada muerte que se concreta se producen hasta 20 intentos fallidos.


Esto significa que el virus de la muerte ha calado en la sociedad cubana  y el gobierno carece de fórmulas para frenarlo. Y como vemos en este post no es sólo un fenómeno del hombre ordinario, sino que también salpica las altas esferas del poder.