Ernesto Guevara y los ecos de “La Cabaña”

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        Una tarde vinieron a buscarlo a su Galera. Preguntaron en la puerta y alguien corrió a avisarle. Llegó al rastrillo (portón ) y un militar verificó su nombre. Le pidieron que los acompañara. No necesitó arreglarse. Se lo llevaron en pantalones cortos y chancletas de madera. No regresó más. Lo fusilaron dos meses después. Nunca se supo cuál fue la metralla que le arrancó la vida.Todas las noches se escuchaban disparos provenientes del pelotón de fusilamiento. En ocasiones, hasta el tiro de gracia. Alberto y yo teníamos la misma edad en aquel entonces. Diecinueve años.

El día que partí de New York

 

Nuestras ideas no crean nuestras experiencias. A veces el nivel inconsciente no ayuda a facilitar aquello que esperamos que suceda. A pesar de que cada persona, con sus pensamientos y actos, tiene un notable poder para configurar su realidad. Sin embargo, el virus llegó a Nueva York para desmontar cualquier fundamento filosófico o psicológico. 

Pero como dice Colin WilsonCuando abro mis ojos al levantarme cada mañana, no me encuentro ante el mundo, sino ante infinitas posibilidades de mundos”. Bajo esta premisa, muchos hemos decidido irnos de Nueva York en busca de esos nuevos horizontes que puede ofrecer el cambio geográfico. Cambiar de ciudad también es cambiar de mundo, de escenario. 

Cuando salí de Manhattan el cielo que casi siempre está nublado, poseía un brillo pertinaz y elocuente. No obstante, la ciudad se encontraba solitaria, retraída. En el Empire State Building, donde los turistas solían hacer largas filas, estaba prácticamente solo. El edificio  recibía 4 millones de visitantes anuales. El día de mi partida no llegaban a once. 

La escena de ver atravesado el Central Park por varios carruajes estaba desaparecida por falta de turistas. Igual que las tiendas, hoteles, bares y restaurantes que se han visto obligados a cerrar por ausencia de tráfico. 

Con la llegada del Covid- 19 en Nueva York la aurora dejó de ser alegre; ya no son hermosos el risueño abrir de ojos del día y la primera mirada del cielo. Los pájaros madrugadores no gorjean lo mismo que antes ni el sol esparce los mismos primores de forma y color. Tampoco el aire que menea los árboles y estimula el pensamiento llega a todas partes para que las flores se abran, los gorriones emprendan sus infinitos giros y las palomas se lancen sobre las catedrales. Es otra ciudad y las aves parecen percibirlo. 

Ahora se trata sólo de fieros instintos poderosamente estimulados que salen como fieras a gritar dislates o hablar más alto para multiplicar la calamidad. Entonces la pregunta que muchos se hacen es: ¿qué hago aquí en medio de este frío sentimental y climático? Huir a veces puede ser una victoria. 

A los anteriores inconvenientes añadamos los rasgos socioculturales de la ciudad que hoy toman una agresividad inaudita. Como sabemos, en el siglo XIX, la inmigración transformó a New York y creció desmesuradamente. En el XXI se encuentra desbordada y amenaza con reventar. Las diferentes etnias amplían las distancias y los recelos comienzan a crear un campo minado que puede detonar en cualquier momento. La angustia siempre amplifica las dificultades. 

Una buena parte de Brooklyn sigue dominada por judíos que mantienen una independencia casi absoluta: tienen hasta sus propias patrullas. Los hijos de los italianos, en su mayoría, prefirieron ser policías o bomberos y se agrupan fundamentalmente en Staten Island. Allí mantienen el estatus. Por su parte los hispanos y los afroamericanos se abren paso como pueden. Mientras que una minoría compuesta por un poco de todo lo anterior, se agrupa en gangas y pandillas para defender sus espacios. Estos últimos van contra todas las banderas. 

Quizá los que mejor llevan la situación son los chinos, ( quiero decir “asiáticos”) Ellos representan una estadística incomprobable y es imposible saber cómo les va. Ni el gobierno es capaz de saber cuántos viven en estos momentos en New York. Ellos poseen una gran habilidad para sobrevivir en espacios reducidos. En cualquier sótano pueden acomodarse decenas de ellos y los vecinos ni se enteran. En este carnavalesco mundo es donde escribe el neoyorquino hoy por hoy su ordinaria existencia. 

Temo, y por eso escapo, que nunca regrese la normalidad que conocimos. Aquel Nueva York de conciertos con grandes artistas, desfiles de todo tipo, entretenimientos en Rockefeller Center, Chinatown, Lincoln Center, Radio City Music Hall, SOHO y otros. 

Volver a visitar con confianza los teatros de Broadway, los museos, las gigantescas bibliotecas, el Madison Square Garden, los desfiles de modas. Todo aquello que estaba al alcance de los habitantes de la ciudad. Con dinero y sin dinero. Porque ciertas reglas en el condado obligaban a ofrecer entradas gratis, de acuerdo a un calendario, a los residentes de la ciudad. 

Aquí se podía entrar sin dinero un día de cada mes al Museo de Brooklyn, al Museo  Metropolitano de Arte — el más famoso con sus más de dos millones de obras — al Museo de Arte de Queens especializado en la Edad Media, el American Folk Art Museum, el Whitney Museum of American Art, y hasta el Nuevo Museo de Arte Contemporáneo. 

Hoy nadie acude con alegría ni a la esquina de Lexington Av. y la calle 52 donde se encuentra el famoso respiradero del metro que permitió lucir sus piernas a Marilyn Monroe en la célebre escena rodada por Billy Wilder. O recorrer la avenida más larga de Nueva York, Broadway, con una longitud de 33 kilómetros sin temor al contagio o la violencia callejera. Y ni hablar del moribundo Times Square, las descargas de Jazz, el festival de cine en Bryant Park. 

Adiós han dicho también los mejores salarios de Estados Unidos. Para conseguir un trabajo hoy en día en Nueva York se necesita algo más que un milagro. 

Además, la ciudad ha pasado de ser una de las metrópolis más seguras de los Estados Unidos, con una tasa de 7,3 asesinatos por cada 100.000 habitantes, a ser hoy en día una de la más violenta e insegura de la nación. La peligrosidad anda con los moños sueltos por las calles. 

Y que decir del sistema de escuelas públicas de Nueva York, que fue el mejor de EE. UU con alrededor de 1,1 millones de estudiantes esparcidos por más de 1.200 escuelas primarias y hoy navega entre la incertidumbre y la deserción escolar. Sin considerar los problemas de las 900 entidades educativas privadas tanto laicas como religiosas y los 594.000 estudiantes universitarios que incluyen las especializadas, como la Juilliard School, la Universidad Rockefeller y la Escuela de Artes Visuales.  

El metro de Nueva York, que es el sistema subterráneo más grande del mundo según la longitud sumada de sus vías (1.062 km) también hoy debe funcionar con multitudes de policías para tratar de contener la violencia. 

La alta cocina y los famosos restaurantes tienen un pie en el precipicio. Ya muchos han cerrado. Hasta los carritos de comida en plena calle para los de “a pie” están en bancarrota. Recordemos que eran alrededor de 4.000 vendedores callejeros. 

Por eso la gente lo pone todo en una balanza y saca conclusiones. Yo lo hice y partí. Conozco a muchos que lo han hecho o lo harán. Y claro, duele cuando han sido tantos años viviendo en la ciudad más importante del mundo. 

Debo aclarar que sería injusto decir que la mayor culpa del desastre es de Bill de Blasio. Tampoco es serio echarle la responsabilidad a Cuomo o, colocar todas las fichas sobre la pandemia. Creo que es una simbiosis. 

El vidrio de la ventana de mi nuevo hogar me obliga a recordar que ha pasado el tiempo y que yo ya no soy el mismo que pateaba los caminos cargado de sueños y juventud. Sin embargo, pienso que es sano imaginar que los años no pasan en serio. Y no sé si son ideas mías, pero también tengo la impresión, desde aquí, que el White Oak Bayou hoy no se ha movido.


*Este relato que hoy he terminado de escribir lo empecé hace varios meses. Ajetreos de mudanza.