Sexo mata perfil

Sexo contra perfil

Vivimos en una era donde  el cuerpo y la  belleza han multiplicado el valor económico. Por esto, las que más muestran,  ganan más.  No importa el perfil: lo más importante es la foto.  Todo se simplifica  a seguir  criterios visuales. De esta manera  la apariencia física y el atractivo sexual son decisivos en el actual modelo económico.  No es exagerado pensar que el sexo y el exhibicionismo hoy pueden llegar a crear  desigualdades sociales. Tanto luces, tanto vales.  

María es gordita y viste sencillo.  Tiene una cuenta en instagram. Allí habla de su profesión (ingeniería informática)  y sus derivados. Sabe mucho. Además, es una excelente comunicadora.  La siguen alrededor de 12o personas. Esto incluye a sus  padres,  la hermana, sus compañeros de colegio y otros allegados. La  foto que comparte no posee modificados con filtros ni ha sido tomada desde ángulos halagadores. Incluso en la leyenda no  rebusca palabras favorables. Es muy natural, muy simple. Por su puesto, no obtiene beneficios económicos de su cuenta.


Kim Kardashian asistió a Marymount High School durante la escuela secundaria y fue pésima estudiante. No se graduó en nada. No obstante, una vez que le llegó la fama y entendió la importancia del nivel intelectual comenzó sus estudios en derecho. Basta escucharla para entender sus limitaciones. Aun así, la nueva era juega a su favor  y es capaz de facturar más de 900.000 dólares por un post en instagram. 


Su prominencia aumentó a partir de 2007, año en el que estrenó junto a su familia un programa de  reality show. Posteriormente una película pornográfica que había grabado en 2002 junto a su entonces pareja, el cantante Ray-J, terminó por llevarla al estrellato. Su cuerpo habla por ella. Le sobra lo que se vende. Kardashian saca provecho económico a su cuerpo y ha utilizado sus  atributos físicos para ascender. Ya se le considera una luminaria. Imagínese usted.


María, que no habla de cosas superfluas, no vende cremitas,  ni atrapa visualmente a nadie con su proporción culo-cadera, queda en un segundo plano cuando la comparan con Kim. Y tal vez lo sufre como otras tantas que no pueden competir en este sentido.  Porque la sexualidad tiene un papel cada vez más importante en la valorización de uno mismo en ese contexto. En especial, para las mujeres.


La capacidad de explotar la belleza ya existía en las sociedades premodernas, pero solo para las mujeres de un estatus social inferior. Sin embargo, el mundo contemporáneo lo ha convertido en una norma. Es la primera vez en la historia que uno puede usar de manera legítima su cuerpo y su belleza para adquirir dinero. Ya no es como sucedía en otro tiempo, ahora son celebrados. Irónicamente,  la única excepción es la prostitución que sigue siendo marginal.


Se dice que a  partir de los setenta, el capitalismo entiende que el mercado de los bienes materiales está limitado por definición —uno no puede comprar cinco carros a la vez— y que lo único que posibilita un consumo infinito es el cuerpo y las emociones. Esa sexualización creciente se produce en un contexto en el que el individuo se convierte en mercancía. Así  podemos consumirnos  unos a otros.   Basta que mostremos nuestros cuerpos ( si calificas) a los demás.


Leí por ahí que vivimos en un mundo colonizado por la hipersexualización de los cuerpos y las psiquis. Pero lo que muchos ignoran es que la sobreexposición digital  tiene consecuencias  y riesgos. A veces muy graves.


Si algo podemos sacar  en conclusión es  que la época actual rompe con el romanticismo. Las cartas perfumadas y los poemas han pasado a mejor vida. Las redes sociales son el nuevo escaparate de los sentimientos en la sociedad moderna y nuestro comportamiento a la hora de enamorarnos y desenamorarnos también se torna diferente.


Tania Rodríguez Salazar y Zeyda Rodríguez Morales, investigadoras de la Universidad de Guadalajara (México), publicaron un interesante trabajo llamado El amor y las nuevas tecnologías. Donde se recoge los resultados de un estudio que analiza cómo las redes amplían las zonas de observación y vigilancia del otro, y refuerzan ciertos componentes del modelo del amor romántico que tradicionalmente conocemos. En una parte de la obra señalan:


“El amor (ahora) no solo tiene una dimensión personal, es una emoción que está sujeta a significados compartidos que establecen pautas sobre quiénes merecen amor, cuáles son las cualidades que deben poseer las parejas, cuándo y cómo se expresa y qué comportamientos son necesarios para conseguirlo y mantenerlo hacia alguien en grupos sociales específicos. El amor está sujeto a dinámicas socioculturales que le imprimen sentidos particulares y que habilitan a los miembros de una comunidad para vivirlo y juzgarlo”


De este trabajo se desprende la coexistencia de dos grandes tendencias relacionadas al uso de las tecnologías afectivas: una que tiende a liberar la búsqueda de la pareja y ampliar el espectro de parejas potenciales, facilitando el emparejamiento con los demás; y otra que tiende a la pervivencia de mecanismos de control, que incrementa las sospechas y la vigilancia. 


No es de extrañar que los perfiles en redes sociales se han convertido  en el diario de abordo de nuestras historias de amor. Desde que subes la primera foto de ese alguien especial hasta que se convierte en un personaje habitual en tus historias y publicaciones, todos participan  como espectadores activos de la incipiente relación.


Un estudio capitaneado por la investigadora Lidia F. Emery, de la Universidad de Northwestern, concluyó que “las personas con mayores índices de ansiedad eran las que más deseaban tener visibilidad en las redes sociales debido a que esta exhibición les servía para compensar su propia inseguridad”. Así van las cosas por este mundo.