Cuba: un trampolín al suicidio

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  Le llamaban “Tati”. Idolatraba al “Che”. A los tres meses de estar casada con el también chileno Renato Julio inició un affair secreto con el capitán de la Seguridad del Estado cubana,  Fernández Oña. Asesor en temas de inteligencia  del presidente Allende y padre de la diputada  Maya Fernández de la Asamblea Nacional de Cuba. Su matrimonio con Renato duró menos que un grano de azúcar ante una manada de moscas. 

Viajar a Cuba en tiempos de dictadura

Viajar  a Cuba en tiempos de dictadura

Cuando los cubanos llegaron a  este país alegaron ser perseguidos políticos. Venían huyendo de una dictadura. Aprovecharon una ley  conocida como “Ley de Ajuste Cubano” de 1966 . Estados Unidos abrió sus brazos y aquí empezaron una nueva vida. Con el correr del tiempo algunos olvidaron las viejas alegaciones y decidieron volver de visita a la isla. Hoy son oleadas de cubanos los que regresan olvidando los peligros que sirvieron de argumento al llenar la aplicación.   Total que, o  la dictadura no es tan mala como decían o,  la argumentación fue lanzada al pozo del olvido para poder viajar. “To be, or not to be, that is the question”

Lógicamente cada cual cree vivir por su cuenta en virtud de las razones que supone personalísimas. Sin embargo, bajo esta superficie también funcionan los vientos de la conciencia, de la necesidad y hasta de la sinverguenzura. Son soplos descomunales que en la mayoría de los casos  trazan  el rumbo que vamos asumiendo.De ahi provienen las diferentes criaturas que habitamos el planeta: hijos buenos, hijos malos, hijos de puta,  honestos, deshonestos, oportunistas y pare usted de contar.  Un tema particularmente espinoso en donde abundan seres de un amplio espectro. 

Los exiliados cubanos no escapan de las diferenciaciones. Por eso hoy vemos como una buena  parte del exilio  ha decidido regresar como “turista melancólico” a Cuba y otro grupo se niega a hacerlo. 

Los que van llegan sin banderas.  Quitan la vista del azaroso  retrovisor y lo que pasó, pasó y ya.  Atrás quedaron las humillaciones, las ofensas, los actos de repudio. El olvido se ocupó de estos pequeños detalles. Necesitan demostrar, supongo,  el amor que sienten por el terruño que lo vio nacer. Fernando Savater sostiene que «el orgullo más barato es el orgullo nacional» Y es cierto. A la patria siempre le sobran subastadores.

Otros van amparados en la coreografía familiar. Algo que humanamente se justifica cuando alguien muy cercano necesita su presencia o ayuda. Nadie puede cuestionar al hijo que dejó a su madre en condiciones calamitosas o al hermano preso en las mazmorras comunistas. Es  una respuesta lógica a la desesperación que emana de la tragedia. Se entiende. 

Lo malo es cuando estos encuentros familiares o patrióticos se convierten en derroche, en cumbancha o en exhibicionismos groseros que solo refuerzan las arcas de la tiranía. Tristemente  el exilio cubano es hoy el principal sostén de la economía del régimen. Sin embargo, protestamos en contra del extranjero que se presenta en la isla. Como si fuera noble reforzar el absurdo. Primero deja de hacerlo tú. Luego es muy difícil que un forastero lo haga. Además, la responsabilidad moral es tuya, no de ellos.

Existen  algunos que como yo, colocamos un no rotundo a ciertos dispositivos del dolor.  Somos tal vez los jadeantes soñadores que solo entramos a Cuba por la puerta grande o no entramos. Quizá sea la cultura  más próxima a la rebeldía, digo yo. A veces el alma es incapaz de soportar esa presencia clandestina y mortífera del desdén o la vejación perfectamente perceptible en estos casos. 

Entiendo que hay un  importante sector del exilio que nada tiene  que ver con ideología, moral lucha, vergüenza ciudadana.  Ellos se autodenominan emigrantes económicos. Personas que participaron “heroicamente” en todas las tareas revolucionarias cuando estaban en Cuba (incluyendo los actos de repudio) y ahora son impulsivos, compulsivos y retropulsivos por volver.  Para ellos regresar a Cuba al primer año de estadía en el extranjero es meritorio. Con ese fin vinieron. Lo vergonzoso es que a veces, cuando regresan a recomponerse,  se atreven a decir que los escrúpulos puntillosos del régimen son más compasivos, más tolerantes, más  comprensibles que el ayer que ellos dejaron. Con estos tiros...

No estoy seguro si el turismo melancólico o alegre, ayuda al cubano de a pie salvo en medicina, ropa o los frijoles en lata. Lo que sí está comprobado es que este comportamiento  beneficia a grupos específicos de la nomenclatura. O sea, los nuevos ricos comunistas que a través de un sofisticado sistema bancario están enmascarando  cuentas en el extranjero. 

Desgraciadamente, esta es una época en donde muchos cubanos no nos reconocernos. Como si fuéramos de genes diferentes. Y en donde se ha trastocado todo, incluyendo el perfil. A veces creo que nuestra auténtica nacionalidad va camino a la extinción. Estamos tocando fondo.  

El exilio literario fuerte y vigoroso, (salvo raras excepciones) que debería trazar las pautas en este sentido con su crítica prudente pero firme,  procura más granjearse  las simpatías de la opinión pública, que asumir una opinión riesgosa.

En diversas ciudades europeas y americanas han surgido editoriales y revistas en las que se pudiese  hacer ciertos señalamientos pero que sin embargo se omiten. Incluso algunos hasta han dejado de escribir en su lengua materna y han empezado a hacerlo –total o parcialmente– en la lengua de su país de acogida. Tal vez es mayor  el deseo de integración o prefieren llegar a un público más amplio que el de los limitados círculos de exiliados.

Pienso que cierta  sensibilidad compasiva ha nublado el problema real del exilio cubano  y nuestro papel ante la dictadura. Un moralismo lagrimoso que oculta el carácter concreto de nuestro dolor político se está abriendo paso. Como si muchos  vinieran a colmar lo que, desde siempre, había sido su deseo más ansiado: vivir en otra parte y nada más. 

Por eso debemos reconocer  a los que,  a pesar de sus éxitos literarios, continúan desde sus trincheras haciendo aportes a la lucha y dejado a un lado la vanidad del lenguaje.

De ahí que nunca nos cansaremos de admirar a Guillermo Cabrera Infante. Alguien que a pesar de recibir en 1997  el galardón literario más importante en lengua castellana, (Premio Cervantes)  continuó enfrentado a la dictadura sin ceder un ápice.  Una condecoración que para cualquier escritor hubiera significado tocar el cielo con la mano y  suficiente recurso como para tomar cierta distancia de la tribu.

Si algo sobresale en los trabajos de Cabrera Infante es que a pesar de sobrevivir con holgura en el exilio jamás logró adaptarse a la  idealización ajena. Sus recuerdos, confundidos a veces con la realidad y llevados magistralmente al teclado, son la prueba imborrable de su amor por la patria que lo vio nacer y a la que nunca regresó. Por esto es un referente  para los exiliados que siguen sus empeños. . 

Y como parece que la historia se repite, finalizo con una reflexión martiana:

¡Allá, no queremos ir! Cruel como es esta vida, aquélla es más cruel. ¿A qué iríamos a Cuba? ¿A oír chasquear el látigo en espaldas del hombre, en espaldas cubanas?... ¿Saludar, pedir, sonreír, dar nuestra mano, ver, a la caterva que florece sobre nuestra angustia, como las mariposas negras y amarillas que nacen del estiércol de los caminos? ¿Ver en el bochorno a los ilustres, en el desamparo a los honrados, en complicidades vergonzosas al talento? ¿Ver a un pueblo entero, a nuestro pueblo, en quien el juicio llega hoy a donde llegó ayer el valor, deshonrarse con la cobardía o el disimulo? Puñal es poco para decir lo que eso duele. ¿Ir, a tanta vergüenza? Otros pueden: ¡nosotros no podemos!''