Sexo mata perfil

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  Vivimos en una era donde  el cuerpo y la  belleza han multiplicado el valor económico. Por esto, las que más muestran,  ganan más.  No importa el perfil: lo más importante es la foto.  Todo se simplifica  a seguir  criterios visuales. De esta manera  la apariencia física y el atractivo sexual son decisivos en el actual modelo económico.  No es exagerado pensar que el sexo y el exhibicionismo hoy pueden llegar a crear  desigualdades sociales. Tanto luces, tanto vales.  

Juan Guaidó entre luces y sombras

VENEZUELA : Juan Guaidó entre luces y sombras

Una duda  ineludible levita por Caracas haciendo resurgir a los  rostros heridos que confirman el abismo.  Juan Guaidó ha ido cayendo paulatinamente y los líderes caen de lo más alto a los más bajo con la misma velocidad de ascenso que tuvieron. Por eso la confusión  es a partir de un miedo  cierto, pues mientras más grande sea la exposición, más peligrosa se convierte la caída. Para el líder venezolano será muy difícil  remontar  la cuesta. Su tiempo tenía límite. Sus posibilidades de éxito también. Las apuestas han comenzado a caer. 

Con su derrumbe ( si ocurriese) desaparece  también el horizonte de expectativas prefabricadas,  una buena dosis de esperanzas, parte de la  voluntad del ciudadano común y bastante del entusiasmo de otrora. Lógicamente se dibujarán nuevos puentes para superar la desorientación. Sin embargo, será complicado  reinventar otra sobreproducción compensatoria de expectativas . Los cubanos, que lo hemos sufrido en más de una ocasión, conocemos el costo del desastre.


Guaidó llegó a ser uno de los líderes con mejor imagen en Latinoamérica. Siendo el centro de un escenario político que buscaba reconquistar la democracia en Venezuela. Recibió el apoyo de más de 60 países. Fue recibido en la Casa Blanca. Se  entrevistó con los principales líderes de occidente. Ocupaba portadas de revistas, titulares de prensa, llenaba espacios multitudinarios, y hasta se dio el lujo de aglutinar a su alrededor a otros dirigentes de la oposición que  portaban los mejores ingredientes del egocentrismo. Era, sin dudas, una especie de mesías político con la misión de salvar al país.   


La estrategia de La Habana  (y digo “La Habana”  porque es allí donde se indican las pautas)  consistió en apostar al desgaste. Algo que siempre ocurre con los dirigentes que  dependen más de la narrativa que de la acción. Guaidó nunca pudo articular un miedo creíble contra el adversario. Quizá ni lo intentó.  Su discurso estuvo centrado en el llamado a las Fuerzas Armadas y una visión ingenua del diálogo.  El enemigo utilizó una buena herramienta: “déjenlo correr hasta que la inercia lo acorrale” y esa parece ser su realidad. 


Juan Guaidó armó manifestaciones impresionantes desde su juramentación. Pero todas tenían el sello de evitar el  estallido social  (tal vez el único recurso real que poseía). No aprovechó la crisis como oportunidad para la búsqueda de un sentir colectivo. Sus acciones (como ocurrió en Noruega) dejaron en evidencia su distancia con la ciudadanía que anhelaba  otra dinámica.  Atrás fue quedando el mantra  previamente escogido para decorar la lucha: fin de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. 


La verdadera grandeza de un líder no está en nunca caer, sino en la capacidad de levantarse.  Es ahí cuando se sabe de qué realmente estamos hechos Hay ejemplos de muchos hombres que, después de grandes caídas, se han levantado. Juan Guaidó tiene temple, juventud,  talento. Puede reinventarse. Habrá que esperar. Además,  la muerte política es una rara avis en Latinoamérica.


Posiblemente la barrera más grande que debe enfrentar  sea convencer de nuevo a Estados Unidos de que su liderazgo sigue siendo una alternativa confiable. Una tarea nada sencilla. No solo por el cambio de administración (que ya es bastante) sino porque el Departamento de Estado ya no vuelve a endosar un cheque en blanco.  Recordemos que Guaidó había asegurado que contaba con el apoyo de la cúpula militar, una importante carta que se jugaría su interinato. Algo que por h o por b  nunca ocurrió. 


El propio vicepresidente  de Estados Unidos, Mike Pence, ha llegado a asegurar:  “Guaidó había prometido al gobierno de Estados Unidos que si la mayoría de los líderes del mundo lo reconocían como la máxima autoridad de Venezuela, al menos la mitad de los oficiales iba a desertar. No ocurrió”.


Es cierto que  Guaidó logró aglutinar a la mayoría del país en momentos nada favorables para crear esperanza en torno a un cambio político. Durante un año pudo consolidar el movimiento democrático dentro de Venezuela y el respaldo de la comunidad internacional ante un contexto muy complicado. Pero cuando  llamó al diálogo,  quebrando de alguna forma su postura inicial, su estrella empezó a palidecer. El régimen en Noruega pudo comprar tiempo y dividir a la oposición. Lo demás es historia.  Existe un  récord al respecto: el diálogo no funciona con los comunistas. 


Muchos consideran que  la principal falla de Juan Guaidó no está en su accionar, sino en las atribuciones que concede  a su entorno. En círculos diplomáticos se maneja la versión de que el presidente interino no juramentó ante el Parlamento por falta de acuerdo entre los partidos opositores que dominan el Legislativo y que prefirió dar un “madruguete” a sus  aliados políticos. De ser cierta la hipótesis, ahora le pasarán factura. 


¿Se aproxima la hora del abandono?  No lo sabemos. Pero da la sensación  que un tiempo inhabitable se esconde amenazante. Confiamos en que la comunidad internacional no abandone a Venezuela en estos momentos de apremio. Además, es hora de que los aliados entiendan  que la situación no ha de resolverse con el  hábito del lenguaje.