Una experiencia en Brooklyn

En 1975 Rymond Moody me impresionó con su libro “Vida después de la vida”. Fue un primer impulso en mis andanzas por ese universo desconocido. El aprendizaje llegó después con los episodios que voy a narrar. Gracias a esta experiencia personal entendí el fenómeno de los que mueren. Porque contrario a lo que algunos piensan, la región etérea no ha desaparecido ni ha cambiado de sitio. Tampoco está demasiado lejos.

Creer que somos dueños de la soledad es un error. Nadie está solo en la intimidad del tiempo. Siempre hay una tenebrosidad  que se observa desde una dimensión desconocida.  Aunque casi nunca  logremos identificar. Una sombra que un día también fue como nosotros; pero que hoy, habita en una orbe superior. A veces es  un difunto cercano a la familia y podemos pedirle  ayuda. De ahí la importancia de no perder la comunicación con quienes cambian de plano existencial. No es difícil pretenderlo. Lo que voy a contar puede servir de utilidad. 

Sin embargo es bueno aclarar que no siempre ocurre así.  Hay ocasiones en que  el fantasma busca cumplir una venganza. Son espíritus errantes que pagan un castigo y de esa forma descargan su furia. A veces cuando las cosas empiezan a salir mal pensamos que es una mala racha.  Pero  no es cierto.  Es el embate de un alma vengativa.

Me dispongo a referir  qué hizo en mi contra un difunto y la manera que escogí para no perecer.  No es necesario una enseñanza religiosa, un rebuscado manual de instrucciones o un charlatán en este tipo de combate. Se trata simplemente de aplicar el sentido común. Pues si logras reconocer los guiños, puedes esquivar los efectos. Es como desarmar lo espantoso y sacar provecho. Luego, el ejercicio puede llegar a ser tan natural como la respiración misma.

Eso sí,  estoy obligado a exponer primero mis limitaciones.  Que no son pocas. Lo digo  porque aunque me zambulla en esta aventura literaria, no soy escritor ni pretendo serlo. Intentaré describir estas reverberaciones místicas con muy poco recurso intelectual. Si acaso, he leído algunas boberías. Por eso no esperen  de mi relato alardes de habilidad, de erudición o de arte. El nivel de escolaridad que me acompaña no da para mucho. No obstante, pienso que si las cruces de la lejanía  han dejado de ser insospechadas para mí, lo menos que puedo hacer es compartirlo a pesar del inconveniente. 

Comienzo por decir que viví muchos años en Sunset Park. Un sitio muy acogedor en Brooklyn. Mi  apartamento estaba situado en la avenida 7.  Detrás de un restaurante chino que tenía como norma botar la basura fuera del pote. Produciendo  un olor infernal cuando el viento cambiaba de dirección. El problema duró un buen tiempo. La policía  pudo ponerle fin gracias a un extenso talonario de multas. Aun así,  el área no puede abstraerse del hedor.  El olfato nunca suprime  ciertas huellas.

Una noche, al  regresar del funeral de un amigo en Connecticut, ocurrió un incidente que me dejó perplejo. Recuerdo que me acosté temprano. Vencido por el cansancio del viaje y bajo la premisa del noticiero local de que llovería toda la noche. No estoy seguro a qué hora exactamente me dormí.  Pero no pasaba de las nueve. Por lo general no me acuesto tarde y no despierto ni para ir al baño. Muy pocas cosas en la vida disfruto tanto como dormir.

Más o menos como a las dos de la madrugada desperté  y di un salto en la cama. Como si me hubiesen propulsado con un resorte. Había escuchado perfectamente una voz para deletrear mi nombre: An-to-nio. Las sílabas lentas y agudas  se esparcieron en mi mente con fuerza. Como un eco oculto. Sin embargo, el sonido me pareció familiar.  Lo asocié inmediatamente con Julio. Un viejo amigo que había sido asesinado en Manhattan varios años antes. 

Entre dormido y despierto encendí la luz del cuarto.  Pero no me bastó y también iluminé el pasillo. Estaba asustado. Con una mezcla de  confusión y miedo. Y cuando los ojos están atentos al peligro, aunque sea imaginario, lo demás no cuenta. El caos comienza a dar vueltas en la mente e impide aclarar  los pensamientos. Desaparecen las ideas mesuradas.

Me derrumbé en un estado casi hipnótico. El temor  mantuvo mis ojos saltones por un buen tiempo . Yo, que había leído  a Jung,  le daba una especial importancia  a los sueños. Además, creo  en las emanaciones de una  fuerza creativa, implícita en la conformación de las células  que  interviene en las expresiones  artísticas. Expresadas a través de  imágenes simbólicas.

Por cinco minutos respiré  profundamente. Como indican los psicólogos cuando queremos combatir la ansiedad. Tomaba aire con lentitud por la nariz y luego lo expulsaba por la boca sin alterar el ritmo. Lo practico mucho. Sobre todo  cuando  ni los chirríes salen en mi defensa.

Posteriormente, después de darle muchas vueltas al asunto llegué a la conclusión que había tenido una pesadilla.  Un mal sueño debido a la tensión del viaje. Mientras que afuera la luna cubría con su piel las  sombras de la noche y un torrencial aguacero hacía de las suyas. Tal y como lo había pronosticado el noticiero.  

Lo que me pareció raro fue que a pesar del esfuerzo que hice por recapitular el incidente no tuve éxito. Como si un alcohol blanco hubiese borrado la memoria. Solo recordaba  la voz  deletreando mi nombre:  An-to-nio. Acoto esto porque yo no olvido lo que sueño. Al menos a corto plazo. Incluso lo anoto en un cuaderno y al final del mes le aplico  psicología junguiana.  Es un método artesanal  muy  útil para penetrar el subconsciente. 

La memoria onírica la heredé de  mi madre. Ella  comentaba  sus sueños al día siguiente con punto y coma. Incluyendo un ingrediente bastante insólito: los colores. Comentaba las tonalidades de cada escena con lujo de detalles. En cambio yo lo que retengo es en blanco y negro.

Después de convencerme que todo había sido  una alucinación tomé un vaso de agua e intenté dormir. El cansancio del viaje me mataba. Acudí al viejo truco de las entidades verdes. Nunca me falla cuando estoy en problemas para sosegarme.  Bosques y selvas que pasan despacio, sabanas embutidas de primavera, verdor hasta en el cielo. La lámpara de la habitación  me ayudó sobremanera. No la apagué y fue una gran aliada. 

 No estoy seguro el tiempo transcurrido. Tal vez una hora y media o algo asi.  Lo cierto es que percibí de nuevo la voz deletreando mi nombre: An-to-nio. Sílaba por sílaba. Bien nítidas. Pero esta vez,  no pude moverme. 

En vano traté de sentarme en la cama. Una extraña influencia sujetaba mi cuerpo. No podía  mover un dedo  a pesar de tener los ojos entreabiertos. Estaba petrificado como una estatua. Los párpados pesaban como plomo. Solo pude distinguir una figura blanca sin ninguna  significación. Como esas nubes movidas por el viento que no  dicen nada aunque tratemos de encontrarle semejanza. Un vacío se apoderó de mí. No escuchaba ni el quejido de la humedad de la lluvia que arreciaba su concierto. 

De pronto, como una ráfaga, apareció la silueta envuelta en vendajes. Los cendales iban de  los pies a la cabeza. Mientras que una  energía se ocupaba de desconectar mi locomoción. No podía moverme. La figura rozó mi rostro como  si estuviera tentando una pantalla digital. Pero su presencia duró  muy poco. Fracciones de segundos diría yo. 

 Más tarde fui recobrando poco a poco la normalidad. La sangre  retornó a su puesto original.  Sin embargo mis manos continuaron entumecidas por un buen rato, mientras que una insólita asfixia me hizo suponer que todo el aire del mundo había sido aspirado. Sentía el cuello compacto. Demoré bastante en sentirme libre de la imaginaria atadura.  Puedo jurar que a partir de aquella noche, jamás volví a ser el mismo. El episodio significó un antes y un después en mi vida.

En esta segunda oportunidad no pude utilizar la excusa de la pesadilla o de un mal sueño por el cansancio. Si algo me había quedado claro era que aquel extraño encuentro obedecía a un contexto sobrenatural. Yo pude comprobar que había sido un contacto con un muerto.  Ya sabrán más adelante porqué lo afirmo con tanta contundencia.

Lo más sugestivo vino después  cuando fui  a anotar lo sucedido. Aprovechando que el raro encuentro aún estaba nítido en la memoria. Pero sin darme cuenta,  caí en una especie de letargo y volví a quedar inmovilizado. Con los ojos clavados en la pared. Aferrados a una vieja foto de  varios  amigos combatientes de Vietnam.  Incluyendo a Julio. 

Mi mente quedó en un punto neutro. La mirada cayó en una sensación de infinito. Mientras que mi mano empezó a mover el bolígrafo de manera inusual sobre el cuaderno. Sin conciencia de lo que escribía.  Algo o alguien controlaba mi mente sin darme la más mínima posibilidad de escapar. 

Transcurrió alrededor de una hora para poder  apreciar algunos rasgos inconexos aparentemente hechos por mi. Pero solo dos palabras separadas por un guión  eran legible: súsej - oiluj. Debajo, algunos extraños garabatos sin ningún tipo de relevancia.  Intentos de círculos y semicírculos sin cerrarse. Curvas con puntos en los extremos y otros trazos absurdos. Y para mi sorpresa,  ni los caracteres gráficos ni el estilo se correspondían con los que normalmente manejo al escribir. 


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