El odio entre mi padre y yo

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Si notan que escribo con una expresión atropellada y confusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden a mis dolores y no al lenguaje, es por el odio infinito que siento por mi padre.  Él surge en mi mente como una visión oscura, como una influencia opresora, como un enemigo, como una visión adelantada de la muerte. Y aunque llevo muchos años sin verlo, las aflicciones permanecen intactas. Ninguno de mis rencores han abandonado la trinchera. Eso sí, he logrado  con el tiempo edificar mi propia venganza. Como el pelotón de un sórdido cuartel que tiene sobradas razones para eliminar al adversario.   Si he decidido contar esta experiencia es porque el último barco que podía rescatarme del tormento del odio  ha ido pasando de largo sin advertir señales de perdón. Por su culpa he sopesado inclusive la opción de terminar con mi vida. Sin embargo,  me apego a  cualquier elemento aparentemente esperanzador, por muy pequeño que sea, para continuar el viaje.  Soy como la roca que vegeta

Ecos de la revolucionaria

Filiberto Mino

Dicen que a Sandra Ordoqui la asesinaron en Cuba. Incluso hay quienes incriminan al gobierno cubano por su muerte. Yo quiero contar lo que sé al respecto. Tengo información de primera mano. La mayoría de las cosas que escucho no se corresponden. O mejor, se han tergiversado. No sé si por conveniencia política o por el deseo de encubrir la verdad. Lo que sí no está en tela de juicio es que murió en un viaje de visita a la isla .

Yo mantengo relaciones con  varios de sus  familiares y amigos que todavía radican en  Cuba. Lo cual me obliga a tratar el caso con suma prudencia. Sin embargo, el común denominador es el mismo: sospecha y dolor. Sobre todo para quienes tuvieron la oportunidad de conocer su evolución como ser humano.  Quiero acotar que si me atrevo a contar lo sucedido es por una súplica de su familia.  Si hubiese dependido de mí, no lo hubiera hecho.  Conozco los riesgos que rodean el caso.
 Para quienes no la conocen, la voy a presentar. Sandra es una  antigua dirigente de la Revolución cubana que un buen día escapó de Cuba con su amante estando todavía casada con un oficial del Departamento de Seguridad del Estado. Antes de salir poseía el grado de capitán y trabajaba en el Ministerio del Interior. 
Ella se encontraba  viviendo en Tampa, Florida. Tuvo dos hijos con el amante que la ayudó a escapar de Cuba. Él recibe un cheque del Seguro Social. Ella lo apoyaba  vendiendo antiques que compraba en Nueva York.  Han vivido con suma modestia desde que arribaron  a Estados Unidos. Me consta.
Yo la conocí  en Cuba.  Hace muchos años. No recuerdo cuántos. Pero sí el mes: abril.  El más cruel de los meses según T.S. Eliot, porque “engendra lilas en la tierra muerta”. 
Estudiamos juntos  en el Instituto Pedagógico de la ciudad de La Habana. Compartimos aula  por un tiempo. Luego ella  fue reclutada por el MININT  y no la volví a ver hasta muchos años después que tropezamos en Estados Unidos.
Su ex esposo, el coronel Manuel Estrada, fue el encargado de dirigir  en la década del setenta un  plan  lechero que formaba  parte de los experimentos personales de Fidel Castro. Era un hombre de su absoluta confianza. Sin embargo, tuvo problemas  con la  muerte de un número importante de reses importadas de Canadá y cayó en desgracia.  
Sandra  volvió  de visita a Cuba después de muchos años  sin tener en cuenta las posibles reacciones en su contra. Además, su viaje  no se manejó con la discreción que requería el caso. Su regreso a la isla lo sabían hasta los perros. La parentela se ocupó de gritarlo a los cuatro vientos. 
El gobierno cubano no  puso objeciones a su visita.  Las nuevas leyes de inmigración no contemplan trabas para los viejos desertores o quienes escaparon ilegalmente del país.  No obstante, apenas llegó  el  presidente del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) le hizo una visita. Según dijo,  para saber cómo la habían tratado y si tenía alguna queja de las autoridades. No mencionó su pasado revolucionario ni tocó el tema de su salida ilegal  del país.
A Sandra la  conocí cuando ambos matriculamos en  licenciatura de Física y Química en el Instituto Pedagógico de la ciudad de La Habana en la década del sesenta. Un centro que comenzó funcionando en un viejo edificio que había sido construido en 1910 y pertenecía a la escuela religiosa de “De la Salle''. Más tarde fue trasladado a “Ciudad Libertad”, antiguo cuartel Columbia.
Me comprometo a presentar los hechos  tal y como lo cuentan los testigos de la tragedia, pero sin mencionar los  nombres reales.  Estoy obligado a preservar  la identidad de los relacionados por una cuestión de sentido común. Varios viven en Cuba todavía. Otros visitan la isla con regularidad.









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