Ernesto Guevara y los ecos de “La Cabaña”

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        Una tarde vinieron a buscarlo a su Galera. Preguntaron en la puerta y alguien corrió a avisarle. Llegó al rastrillo (portón ) y un militar verificó su nombre. Le pidieron que los acompañara. No necesitó arreglarse. Se lo llevaron en pantalones cortos y chancletas de madera. No regresó más. Lo fusilaron dos meses después. Nunca se supo cuál fue la metralla que le arrancó la vida.Todas las noches se escuchaban disparos provenientes del pelotón de fusilamiento. En ocasiones, hasta el tiro de gracia. Resaca de un "Che" que ya no estaba. Alberto y yo teníamos la misma edad en aquel entonces. Diecinueve años.

Ecos de la revolucionaria

Filiberto Mino

Dicen que a Sandra Ordoqui la asesinaron en Cuba. Incluso hay quienes incriminan al gobierno cubano por su muerte. Yo quiero contar lo que sé al respecto. Tengo información de primera mano. La mayoría de las cosas que escucho no se corresponden. O mejor, se han tergiversado. No sé si por conveniencia política o por el deseo de encubrir la verdad. Lo que sí no está en tela de juicio es que murió en un viaje de visita a la isla .

Yo mantengo relaciones con  varios de sus  familiares y amigos que todavía radican en  Cuba. Lo cual me obliga a tratar el caso con suma prudencia. Sin embargo, el común denominador es el mismo: sospecha y dolor. Sobre todo para quienes tuvieron la oportunidad de conocer su evolución como ser humano.  Quiero acotar que si me atrevo a contar lo sucedido es por una súplica de su familia.  Si hubiese dependido de mí, no lo hubiera hecho.  Conozco los riesgos que rodean el caso.
 Para quienes no la conocen, la voy a presentar. Sandra es una  antigua dirigente de la Revolución cubana que un buen día escapó de Cuba con su amante estando todavía casada con un oficial del Departamento de Seguridad del Estado. Antes de salir poseía el grado de capitán y trabajaba en el Ministerio del Interior. 
Ella se encontraba  viviendo en Tampa, Florida. Tuvo dos hijos con el amante que la ayudó a escapar de Cuba. Él recibe un cheque del Seguro Social. Ella lo apoyaba  vendiendo antiques que compraba en Nueva York.  Han vivido con suma modestia desde que arribaron  a Estados Unidos. Me consta.
Yo la conocí  en Cuba.  Hace muchos años. No recuerdo cuántos. Pero sí el mes: abril.  El más cruel de los meses según T.S. Eliot, porque “engendra lilas en la tierra muerta”. 
Estudiamos juntos  en el Instituto Pedagógico de la ciudad de La Habana. Compartimos aula  por un tiempo. Luego ella  fue reclutada por el MININT  y no la volví a ver hasta muchos años después que tropezamos en Estados Unidos.
Su ex esposo, el coronel Manuel Estrada, fue el encargado de dirigir  en la década del setenta un  plan  lechero que formaba  parte de los experimentos personales de Fidel Castro. Era un hombre de su absoluta confianza. Sin embargo, tuvo problemas  con la  muerte de un número importante de reses importadas de Canadá y cayó en desgracia.  
Sandra  volvió  de visita a Cuba después de muchos años  sin tener en cuenta las posibles reacciones en su contra. Además, su viaje  no se manejó con la discreción que requería el caso. Su regreso a la isla lo sabían hasta los perros. La parentela se ocupó de gritarlo a los cuatro vientos. 
El gobierno cubano no  puso objeciones a su visita.  Las nuevas leyes de inmigración no contemplan trabas para los viejos desertores o quienes escaparon ilegalmente del país.  No obstante, apenas llegó  el  presidente del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) le hizo una visita. Según dijo,  para saber cómo la habían tratado y si tenía alguna queja de las autoridades. No mencionó su pasado revolucionario ni tocó el tema de su salida ilegal  del país.
A Sandra la  conocí cuando ambos matriculamos en  licenciatura de Física y Química en el Instituto Pedagógico de la ciudad de La Habana en la década del sesenta. Un centro que comenzó funcionando en un viejo edificio que había sido construido en 1910 y pertenecía a la escuela religiosa de “De la Salle''. Más tarde fue trasladado a “Ciudad Libertad”, antiguo cuartel Columbia.
Me comprometo a presentar los hechos  tal y como lo cuentan los testigos de la tragedia, pero sin mencionar los  nombres reales.  Estoy obligado a preservar  la identidad de los relacionados por una cuestión de sentido común. Varios viven en Cuba todavía. Otros visitan la isla con regularidad.









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