Sexo mata perfil

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  Vivimos en una era donde  el cuerpo y la  belleza han multiplicado el valor económico. Por esto, las que más muestran,  ganan más.  No importa el perfil: lo más importante es la foto.  Todo se simplifica  a seguir  criterios visuales. De esta manera  la apariencia física y el atractivo sexual son decisivos en el actual modelo económico.  No es exagerado pensar que el sexo y el exhibicionismo hoy pueden llegar a crear  desigualdades sociales. Tanto luces, tanto vales.  

El odio entre mi padre y yo


Si notan que escribo con una expresión atropellada y confusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden a mis dolores y no al lenguaje, es por el odio infinito que siento por mi padre.

 Él surge en mi mente como una visión oscura, como una influencia opresora, como un enemigo, como una visión adelantada de la muerte. Y aunque llevo muchos años sin verlo, las aflicciones permanecen intactas. Ninguno de mis rencores han abandonado la trinchera. Eso sí, he logrado  con el tiempo edificar mi propia venganza. Como el pelotón de un sórdido cuartel que tiene sobradas razones para eliminar al adversario.


  Si he decidido contar esta experiencia es porque el último barco que podía rescatarme del tormento del odio  ha ido pasando de largo sin advertir señales de perdón. Por su culpa he sopesado inclusive la opción de terminar con mi vida. Sin embargo,  me apego a  cualquier elemento aparentemente esperanzador, por muy pequeño que sea, para continuar el viaje.  Soy como la roca que vegeta al borde del  barranco.


  No he vuelto al terruño que me vio nacer. Salí de Santa Rosa siendo un niño y no he regresado. Primero, porque creo que ha sido la mejor forma de olvidar el trauma que me causó la muerte de mamá. Y segundo, por temor a tropezar con las dolorosas imágenes que conservo. 


Tampoco quisiera ver a tía Lourdes que todavía permanece  en el pueblo.  Temo a una reacción exagerada de mi parte. Aspiro a que sea Dios quien se ocupe de ella.  Aunque  admito que me encantaría ir a la tumba de mamá y llorar allí todo mi cariño. 


  A mi padre nunca lo he visitado en la cárcel. Para mí murió el día que lo vi salir esposado de casa con su cara más fresca que una lechuga. Como si no hubiese ocurrido nada, o peor, como si la muerte de mamá no le hubiera causado ni frío, ni calor. Un típico comportamiento de las personas que sospechan que han tocado fondo.


 Papá jamás  reconoció su culpa.  En el juicio se cansó de repetir que era inocente. Pero la policía no le creyó. Lo condenaron a cadena perpetua. El juez dictaminó que mamá había muerto por su culpa. Habían encontrado al lado del cadáver una pimpina de gasolina que conservaba sus huellas. Además, él tampoco pudo aclarar con solvencia las razones que lo llevaron a faltar ese día al trabajo. 


Comienzo la narración repasando el día del desastre. Esa tarde tía Lourdes no me dejó llegar a la casa. Estaba esperándome en la esquina y me pidió que la acompañara. Yo regresaba de la escuela.  No había cumplido los nueve años todavía.


  Ella no me dio explicaciones y salimos caminando agarrados de la mano. Aunque era un niño,  por su actitud me di cuenta que algo raro revoloteaba en el ambiente. El nerviosismo la delataba en cada gesto, en cada mirada.


 El cielo también me pareció sospechoso. Era una de esas desoladas tardes en que parece que el cielo está prisionero de las nubes y el aire apaga los suspiros de los hombres. 


  Mientras avanzamos, el asombro me obligó a voltear la vista. Llamaba la atención que algunos vecinos charlaran frente a la casa. Algo inusual dado el carácter de mi padre. Él era alérgico a los grupos. Incluso se molestaba con mis amiguitos cuando venían a jugar. Creo que eso ocasionó mi primer trauma. De adulto observo con antipatía a la gente amontonada. No soporto las playas, los estadios, las manifestaciones, los coros.


  Tía Lourdes era menor que mamá y vivía con  mi abuela a dos cuadras de casa. Tenía los ojos claros y el pelo liso como mi madre. No recuerdo que dejara pasar un solo día sin visitar nuestra casa. Iba, aunque estuvieran cayendo centellas. Siempre quiso ser bailarina de flamenco pero los años se encargaron de quitarle  el impulso.


  Al llegar a la casa de la abuela me dieron una explicación acerca de lo sucedido. La misma que después sustentó mi padre. La versión era que había estallado accidentalmente una bombona de gas estando mamá en la cocina. O sea, que había muerto a consecuencia de la explosión. Recuerdo que abuela, tratando de aminorar el impacto, adornó la historia con un libreto infantil:


— Dios la tiene en su casita. Ahora estará mejor Humberto.


  Mi reacción a la idea de no volver a ver a mi madre me hizo estallar en gritos. Mamá era todo para mí. En ella confiaba mis sueños de niño, mis complejos, mis miedos. Que yo recuerde nunca me alzó la voz para hacerme una reclamación. Debajo de sus acciones siempre estaba el  sutil ingrediente de la confianza. 


  Me defendía contra viento y marea. Por mí sacaba coraje para enfrentar a papá. Creo que por esa compenetración que siempre tuve con ella mi padre jamás se tomó el trabajo de ofrecerme un elogio o decirme una frase cariñosa. Sino por el contrario, me hería con una precisión milimétrica. Sus palabras preferidas para dirigirse a mí eran “inútil” o “pajarraco”. Jamás se resignó a la idea de verme  flaco, pálido, debilucho. Aun sabiendo que no era mi culpa.


  Mamá debió aguantar demasiadas cosas en su matrimonio. Soportó lo insoportable. Llegó un momento en que los enfrentamientos  eran todos los días.  Muchas noches tuve que morder la almohada ahogado en llanto  al escuchar desde mi habitación los maltratos de aquel animal. Justo el día antes de su muerte mamá recibió en silencio una paliza descomunal. Solo por decir que la dejara quieta, que estaba borracho.  Pero él no le hizo y le cayó a golpes.

  

 ¡Mi madre era tan bella! Tengo una foto suya que no me canso de mirar. Su pelo negro, lustroso y abundante. La frente pulida y estrecha. Con  entonaciones suaves de color pálido que solo se admiran en el marfil. Hubiera hecho delirar a cualquier pintor con aquel talle garboso, la cintura ondulante  y su encantadora sonrisa.


  Mi empatía con ella era sublime. Me enseñó mis primeras notas en el piano, a vocalizar. Algo insufrible  para mi padre que estaba muy pobre de cultura. Él a lo sumo ojeaba los periódicos. Mientras que mamá  leía mucho y podía hablar de cualquier tema. Además de cantar muy lindo.


  Para ella el piano era como el segundo hijo que nunca tuvo o no quiso tener. Deduzco que no quería buscarle otro pretexto al monstruo para sus peleas. 

    

  En Santa Rosa vivíamos en las afueras del pueblo. La vivienda era de tipo campesina.  Embellecida por un jardín que mamá se ocupaba de atender. Rosales, claveles amarillos, lirios y  girasoles que radiaban como soles. En el patio los árboles se encontraban  alineados en filas casi exactas. Recuerdo que un pino solitario derramaba lágrimas de resina cada Semana Santa.


Después de la muerte de mamá me fui a vivir con tía Dolores. La hermana mayor que vivía en San Miguel, un pueblo situado al otro extremo del país. Ella vino corriendo a buscarme apenas papá cayó preso.  En su casa he vivido hasta el día de hoy. Es mi segunda madre. Tanto ella como su esposo Andrés han sido muy buenos conmigo. Yo los quiero mucho.


  El día de mi graduación de bachiller Andrés me regaló una moto. Ellos sabían que  era uno de mis sueños. Había cumplido dieciocho años y fue una gran alegría en medio de mi apagada existencia. Esa noche también me invitaron a cenar a un restaurante.


  Al finalizar bajamos caminando por toda la avenida en dirección a la casa. Me sentía feliz entre ellos. Sin embargo,  tía Dolores me sorprendió con una noticia  estremecedora.


— Humbertico hay algo que te puede enojar pero debemos decírtelo. Nosotros nos enteramos ayer y estamos consternados.


— Pues cuéntame tía.


— Se trata de mi hermana.

         

— ¿Qué pasa con tía Lourdes?


— Está haciendo algo que nosotros no aprobamos…


— ¿De qué se trata? Suelta lo que sea.


— Lourdes está visitando a tu padre en la prisión. Nos enteramos a través de alguien que vino de Santa Rosa y pasó a saludarnos.


— ¿Cómo es la cosa?


— Parece que Lourdes lleva tiempo visitando a tu papá en la cárcel. Es una vergüenza…


  La noticia fue un tremendo sacudón. No lo podía entender. Me pareció tan horrible que al día siguiente contacté a un abogado para entablar una demanda y quitarle la casa que me pertenecía legalmente y que por una cuestión de familiaridad le había permitido ocupar. Creo que era lo menos que podía hacer. Tía Dolores y Andrés no pusieron objeciones.


El abogado se ocupó de todo y en menos de seis meses mandaron a desalojar la propiedad. Inmediatamente se puso a la venta.  Andrés me ayudó en los trámites. Él fue personalmente a Santa Rosa con un poder firmado por mí para realizar el traspaso. A su regreso nos confirmó que Lourdes continuaba visitando a papá religiosamente cada quince días. 


También me trajo un pequeño baúl que pertenecía a mamá con fotos, recortes de periódicos, partituras. Pero lo más impresionante fue  una nota que le daba un giro de ciento ochenta grados a su muerte. Estaba en el fondo de una pequeña carterita de mano. Escondida con la intención manifiesta de que no fuera descubierta con facilidad. 


En ella explicaba las razones de su suicidio:


  “El ser humano tiene derecho a morir cuando no tiene ninguna esperanza de seguir llevando una existencia humana digna. No quiero seguir viviendo como una sombra de mi misma. No soporto más humillaciones, a pesar de que sé la tragedia que voy a ocasionar a mi familia, especialmente a mi hijo que adoro con toda el alma. Si oculto bien esta despedida es para poner en aprietos a mi esposo y que tenga que pasar trabajo explicando que nada tuvo que ver con mi muerte. Esto pudiera resultar útil para que cambie de actitud y comience a tratar a Humbertico como realmente es: su hijo. Yo puedo jurar en estos minutos finales de mi vida que es errónea su idea de que el niño pertenece a un desconocido y no a él. Tal persona sólo ha existido en su imaginación. Que Dios me perdone.”


  Después de dos semanas de meditación decidí quemar la nota  y llevarme el secreto a la tumba. No quiero demostrar la inocencia de papá.  Es mi venganza.  Deseo que muera en prisión. Porque sucede que de vez en cuando vale la pena no perdonar para que la compasión no deje sin efecto a la memoria.


Este cuento forma parte de la coleccion de " Pueblo Viejo"

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