El odio entre mi padre y yo

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Si notan que escribo con una expresión atropellada y confusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden a mis dolores y no al lenguaje, es por el odio infinito que siento por mi padre.  Él surge en mi mente como una visión oscura, como una influencia opresora, como un enemigo, como una visión adelantada de la muerte. Y aunque llevo muchos años sin verlo, las aflicciones permanecen intactas. Ninguno de mis rencores han abandonado la trinchera. Eso sí, he logrado  con el tiempo edificar mi propia venganza. Como el pelotón de un sórdido cuartel que tiene sobradas razones para eliminar al adversario.   Si he decidido contar esta experiencia es porque el último barco que podía rescatarme del tormento del odio  ha ido pasando de largo sin advertir señales de perdón. Por su culpa he sopesado inclusive la opción de terminar con mi vida. Sin embargo,  me apego a  cualquier elemento aparentemente esperanzador, por muy pequeño que sea, para continuar el viaje.  Soy como la roca que vegeta

Fidel Castro: una desgracia generacional


En la angustia de mi generación, desgraciadamente, siempre andará. Es imposible borrar la huella con su muerte. Por mucho que nos empeñemos en configurar nuestra memoria, él tiene reservado un espacio por ser el epicentro de toda la desgracia cubana. Michel de Montaigne decía que “nada fija tan intensamente un recuerdo como el deseo de olvidarlo”.

Frente a este irremediable, debemos  recordarlo tal y como fue realmente y no como aparece en la vitrina de la izquierda.  O sea, debemos  exponerlo con  sus errores y crueldades  para deshacer el mito.   Las nuevas generaciones merecen  conocer la verdad sobre este oscuro personaje. 

Para ello debemos comenzar por identificar   al primer Castro que aparece frente a los cubanos. Al revolucionario de carácter libertario, sin rótulos  marxistas y esparciendo esperanzas de justicia social cuando en realidad  sus verdaderas intenciones era  capturar el poder  y allí perpetuarse. 

Sus propósitos no afloraron de la noche a la mañana. El proceso tomó tiempo.  Pues mantuvo  en secreto su fatídico plan hasta el zarpazo final. Apoyándose  en  el sistema comunista, el cual le ofrecía  la posibilidad de  gobernar indefinidamente sin consulta electoral. 

Para llegar al gobierno utilizó una excelente herramienta: la venta de sueños. Basta con revisar su famoso discurso “La historia me absolverá” durante el juicio por el ataque al Cuartel Moncada. Ahí, entre los muchos atractivos planteó:

— “La Declaración de Independencia del Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776, consagró este derecho en un hermoso párrafo que dice: "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuentan la vida, la libertad y la consecución de la felicidad…”

Sin embargo, apenas  asume el  poder,  cambia el rumbo  y comienzan  las decepciones. Muchos revolucionarios que habían combatido a su lado se sintieron traicionados e iniciaron las reclamaciones en voz alta.  

Varios fueron fusilados sin contemplaciones. Incluyendo  algunos que formaban parte de su círculo íntimo. Otros recibieron largas condenas. Fue implacable con sus antiguos compañeros. 

No toleró una sola queja. Y utilizó los brotes de disidencias  para exponer  el carácter socialista de la revolución. Enterrando para siempre  las viejas promesas de libertad, democracia, elecciones libres.

Convirtió a Cuba en un país desconocido. Maltratos, fusilamientos, expropiaciones, abusos de toda índole. No obstante,  la fe inicial en la Revolución era tan grande, que anuló en una parte de la población el poder de análisis. Y hubo  gente que continuó ciega. Los ojos del déspota atraían a su rebaño como la mirada de la serpiente que fascina a los pajaritos que serán su presa. 

Cuando  extendió el impulso se apoderó de todo. Cerró la prensa, nacionalizó la industria,  controló la vida de cada ciudadano con los llamados Comité de Defensa de la Revolución y hasta hizo añicos a la iglesia católica.

Intervino colegios, silenció  publicaciones y comenzó a expulsar sacerdotes del país. En 1961, sólo en una noche, botó a 130 curas en un barco hacia España. Sin contar las decenas  de cristianos que fueron llevados al pelotón de fusilamiento.

La centralización del poder se hizo repugnante. Hasta la mente de los alumnos tenía una pequeña  dosis de control. De ahí que servir al estado se convirtió en una “profesión”. Los estudiantes se formaban con un estricto postulado: “Primero comunistas, después técnicos”

Como decía el filósofo y médico inglés John Locke: “La tiranía de una multitud es una tiranía multiplicada” 

Pero no conforme, desató  la “ofensiva revolucionaria”.  El 13 de marzo de 1968, en uno de sus discursos más rabiosos, anunció la eliminación  de los últimos sobrevivientes. Ahí cayeron las bodeguitas, los vendedores de churros, las peluquerías, etcétera. Hasta las tijeras dejaron de afilarse en las calles.

La ofensiva también abarcó a los homosexuales, los melenudos, los hijos de burgueses, los irreverentes. Todos fueron a parar a campos de trabajos forzados bajo la irónica denominación de Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP)

Disparaba discursos kilométricos de siete u ocho horas en cadena nacional; los cuales eran obligatoriamente repetidos en todos los medios de difusión. Hablaba de estadísticas que nadie podía comprobar, del maravilloso futuro que nos esperaba, de la buena marcha del país, y cuántos absurdos trepaban por sus enfermas neuronas. La faena era hablar y prometer. Hasta que el pueblo se viera enredado en una telaraña de promesas que nunca tendría fin. 

De  esas ególatras narraciones  nacieron  varios proyectos. Uno de ellos,  sembrar café  en toda La Habana. En el cual  se utilizaron  jardines, techos, materos, pasillos  y cualquier rincón disponible que soportara una mata. De los resultados no es necesario hablar. Todo el mundo sabe que no se logró recoger  ni siquiera un puñado de  granos para colar una taza.

Un día se le ocurría  crear un híbrido para obtener una vaca más pequeña que una chiva  y la gente pudiera criar en los balcones.  Otro, mezclaba razas de ganado a su gusto . Hasta convertir a Cuba en un país que no era capaz de producir ni el azúcar que necesitaba para el consumo.

Cuando se transformaba en un chef de cocina  pasaba horas y horas con una ollita  explicándole a los cubanos   el embarazoso proceso de hacer el arroz blanco.  Mientras que los años pasaban y las nuevas generaciones se hundían en sus fracasos.

En manos de este señor Cuba estuvo más de medio siglo. Entre locuras, disparates, arbitrariedades, abusos. Sin embargo, hoy lo tratan de vender algunos sectores como el estadista, el genio, el justiciero. Hasta Bernie Sander  ha dejado escapar elogios por este sátrapa. ¡Dios mío!

Mi generación, que lo sufrió hasta los huesos y que hoy está de salida, debe  taparse  la nariz  y mirar al cielo ante estas afirmaciones.   De lo contrario, corremos el riesgo de  morir en el carnaval de los absurdos. Elaborado por quienes jamás tuvieron que padecer su tiranía o quienes se resignaron a resistirlo hasta su muerte.  

Porque el mal, siempre puede estar ahí, apoyándose  en los oportunistas, en los odiadores o en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte.

¿Del tirano? Del tirano

Di todo, ¡di más!, y clava

Con furia de mano esclava

Sobre su oprobio al tirano.

José  Martí