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El odio entre mi padre y yo

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Si notan que escribo con una expresión atropellada y confusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden a mis dolores y no al lenguaje, es por el odio infinito que siento por mi padre.  Él surge en mi mente como una visión oscura, como una influencia opresora, como un enemigo, como una visión adelantada de la muerte. Y aunque llevo muchos años sin verlo, las aflicciones permanecen intactas. Ninguno de mis rencores han abandonado la trinchera. Eso sí, he logrado  con el tiempo edificar mi propia venganza. Como el pelotón de un sórdido cuartel que tiene sobradas razones para eliminar al adversario.   Si he decidido contar esta experiencia es porque el último barco que podía rescatarme del tormento del odio  ha ido pasando de largo sin advertir señales de perdón. Por su culpa he sopesado inclusive la opción de terminar con mi vida. Sin embargo,  me apego a  cualquier elemento aparentemente esperanzador, por muy pequeño que sea, para continuar el viaje.  Soy como la roca que vegeta

Una experiencia en Brooklyn

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En 1975 Rymond Moody me impresionó con su libro “Vida después de la vida”. Fue un primer impulso en mis andanzas por ese universo desconocido. El aprendizaje llegó después con los episodios que voy a narrar. Gracias a esta experiencia personal entendí el fenómeno de los que mueren. Porque contrario a lo que algunos piensan, la región etérea no ha desaparecido ni ha cambiado de sitio. Tampoco está demasiado lejos. Creer que somos dueños de la soledad es un error. Nadie está solo en la intimidad del tiempo. Siempre hay una tenebrosidad  que se observa desde una dimensión desconocida.  Aunque casi nunca  logremos identificar. Una sombra que un día también fue como nosotros; pero que hoy, habita en una orbe superior. A veces es  un difunto cercano a la familia y podemos pedirle  ayuda. De ahí la importancia de no perder la comunicación con quienes cambian de plano existencial. No es difícil pretenderlo. Lo que voy a contar puede servir de utilidad.  Sin embargo es bueno aclarar que n

Ecos de la revolucionaria

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Dicen que a Sandra Ordoqui la asesinaron en Cuba. Incluso hay quienes incriminan al gobierno cubano por su muerte. Yo quiero contar lo que sé al respecto. Tengo información de primera mano. La mayoría de las cosas que escucho no se corresponden. O mejor, se han tergiversado. No sé si por conveniencia política o por el deseo de encubrir la verdad. Lo que sí no está en tela de juicio es que murió en un viaje de visita a la isla . Yo mantengo relaciones con  varios de sus  familiares y amigos que todavía radican en  Cuba. Lo cual me obliga a tratar el caso con suma prudencia. Sin embargo, el común denominador es el mismo: sospecha y dolor. Sobre todo para quienes tuvieron la oportunidad de conocer su evolución como ser humano.  Quiero acotar que si me atrevo a contar lo sucedido es por una súplica de su familia.  Si hubiese dependido de mí, no lo hubiera hecho.  Conozco los riesgos que rodean el caso.  Para quienes no la conocen, la voy a presentar. Sandra es una  antigua dirigente de la

Magda Goebbels y Adolfo Hitller

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Las calles de Berlín estaban desiertas el 22 de abril de 1945. A veces se veían pequeños grupos de soldados tratando de escapar de la metralla, pero no civiles. La derrota de Alemania era cada vez más inminente. En medio de la refriega Magda Goebbels se abría paso con sus 6 hijos buscando la forma de llegar al Führerbunker. Su esposo Joseph, ministro de Propaganda del Tercer Reich, llevaba varios días acompañando a Hitler en aquellos momentos estelares.  Apenas llegó el líder alemán le dio una orden: — Magda, acabo de hablar con Goebbels. Todo está preparado. Hay un avión disponible para que ustedes escapen con sus hijos. — ¿Y tú? —Eva Braun y yo nos quedaremos. He dado instrucciones para que de nosotros no quede ni la ceniza. Los judíos y los comunistas no se saldrán con la suya. — No me pidas eso. Tú sabes que si decides morir yo lo haré contigo. — No Magda, la familia Goebbels debe salvarse. Aprecio tu lealtad, pero he dispuesto que se vayan. Hitler dio por terminado el diálo

La mafia de New York no ha muerto

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Muchos pensaron, equivocadamente, que cuando cayó John Gotti en New York la mafia comenzaría a desaparecer. Craso error. Porque su caída solo sirvió para cambiar el estilo de operar. Nada más. ¿Quién era Gotti? Sin dudas, Gotti  ha sido el hombre más influyente del bajo  mundo. Él gran  jefe del clan de los Gambino y la persona mejor relacionada en el ámbito social.  Una figura  legendaria de la mafia de Nueva York; al punto, de ser  cotejado con Al Capone.  No obstante, su arrogancia lo llevó al ocaso gris. La prensa lo llamaba Dapper.  Le encantaba usar trajes y corbatas carísimas. Procedía como una estrella de  cine, una luminaria. Llegó a ser un gángster a la medida de los paparazzi. Figurante,  egocéntrico, intrépido, jugador, mujeriego.  Gotti  compraba jurados y policías. Así logró salir indemne de tres juicios. Y por esa  extraña costumbre  de glorificar a los  delincuentes, la revista  Time lo llevó en una ocasión a su portada.

Una vaquita cubana

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Narraré la historia de un vaquita que con su muerte ejemplificó hasta dónde podía llegar la sumisión, el miedo y la inmovilidad espiritual en Cuba; en una época en donde nadie se atrevía, aún convencido de su verdad, contradecir las orientaciones emanadas del omnipotente líder. Forma parte del carnaval de locuras en la isla. Como la siembra de café caturra en La Habana, la construcción de trincheras para la defensa contra un ataque que no ocurriría o el relleno de la Ciénaga de Zapata.   Dentro de las muchas aficiones científicas del comandante — que no eran pocas porque llegó a saber de todo y mucho — se encontraba la ganadería. Ahí también garrapateó su huella.  En este sector apostó por combinar razas de ganado. Su apuesta más significativa fue mezclar la raza Holstein, de alta productividad de leche, con la Cebú, una excelente productora de carne. Buscando una nueva categoría que produjera lo mismo, pero en una sola res. El ensayo jamás se había intentado en otro

Lucky Luciano en Camagüey

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El 29 de octubre de 1946 un avión bimotor descendió en el pequeño aeropuerto de la llanura camagüeyana y una vez en tierra, apareció en sus escalerillas un hombre vestido de traje gris, zapatos a dos tonos y un sombrero de paño. El visitante era nada menos que Lucky Luciano. El capo traía la idea de utilizar a Cuba como trampolín para regresar a los planos estelares de la Mafia en Estados Unidos. Hacía siete meses que había salido de una cárcel americana.  Pero a pesar de encontrarse libre continuaba bajo la lupa del FBI. Por eso se cambió el nombre y  se hizo llamar Salvatore Lucania.  Muy cerca de la pista , un amigo de toda su vida llamado Meyer Lansky, lo esperaba en un lujoso automóvil para trasladarlo hasta  el Gran Hotel en el centro de la ciudad de Camagüey.   Tanto Luciano como Meyer habían crecido en la zona caliente de Manhattan y se trataban como hermanos. La separación vino cuando Lucky fue a parar a prisión con una condena de treinta años aunque luego el Departamento de J